El Caracazo

28 febrero 2012

La Hermana Julia entró al salón con una palidez diferente. No tocó la puerta. Caminó al encuentro del profesor Marcos González. No demoraron un minuto frente al pizarrón que anunciaba los prodigios de la obra de Gabriel García Márquez.

Con su habitual ternura, el profesor giró tres instrucciones: recojan todos sus útiles; las que tienen hermanas en el colegio hagan una fila a la derecha y las que no, otra a la izquierda. Avancen conservando estas filas hasta el patio frente a 1ero. “A”.

La capacidad de organización de las Hermanitas de los pobres, siempre me impresionó, este día fue probablemente una de sus pruebas más complejas y la eximieron con templanza. No había llantos, ni carreras, ni gritos. Sólo un chequeo obsesivo de cuántas eramos y dónde vivíamos. Así nos separaron para el regreso a casa.

Recuerdo la salida de las que vivían más cerca, repartidas en enjambres de veinte en veinte, caminando sobre la avenida Rómulo Gallegos: unas subirían a Los Chorros, otras bajarían a La Carlota y el último grupo conservaría la ruta de la calle hasta Los Ruices. Mi grupo no era muy nutrido y yo era la única que necesitaba llegar a Palo Verde.

Ana María caminaba todos los días, así que no fue ningún problema para ella. Dive y Sofía narraban algo de sus novios. Noliyú hizo chistes, Alejandra también, Enely iba en silencio. Era una aventura forzada, una jubilación sui generis. Frente al banco, en plena Francisco de Miranda, un camión de Pepsi estaba cercado por docenas de botellas rotas, gaveras dispersas y el tono oscuro y pegostoso que bautizaba el asfalto. Demasiada soledad para la hora, extraño silencio para la avenida que transitábamos. Por toda la ruta tejimos teorías , y yo que regularmente leía prensa por voluntad, no tenía idea de qué estaba pasando. La última despedida la viví en el muro de piedra de Petare.

Un señor robusto, sudado y muy gentil, me preguntó para dónde creía que iba. Le respondí que a mi casa. Trató de convencerme de la torpeza de mi propósito, porque la redoma era un desastre, en Pepeganga habían destrozado algunas vitrinas, no se podía pasar por el elevado, y la gente estaba “como loca”. Ese último detalle, de algún modo lo incluía. Menos mal que a esa edad todos nos consideramos inmortales. Caminé bajo el elevado, abrazando el morral mientras dejaba que mis medias se deslizaran hasta el tobillo, como testimonio de los kilómetros recorridos, y de mi miedo.

La subida a Mesuca estaba congestionada. Una señora gritaba algo sobre el barrio Agricultura. Tuve la tentación de pasar por la parroquia, pero decidí seguir. La entrada a José Félix Rivas era un bululú de gente y carros. Saberme tan cerca me otorgó la energía necesaria para hacer la subida sin paradas, casi corriendo, dejando atrás el centro comercial, la panadería de Pancho, la casa de mi mejor amiga, la farmacia cerrando.

Mi papá fue el último en llegar, cerca de la medianoche.

¡A Palo Verde!
Una y otra vez escuchamos esta frase desde el barrio. A esta urbanización promovida en su momento por el Musiú Lacavalerie, y que estelarizó su frase “Vengan pa’ que lo vean”, tiene la estructura de un pueblo al que sólo le falta una plaza Bolívar. Edificios modestos y bastante parecidos, repartidos en una sola avenida principal con comercios en sus plantas bajas que atendían todas las demandas posibles: librerías, canicerías, fruterías, etc. Todo pequeño, en estrechas secuencias horizontales, regularmente administrados por inmigrantes europeos.

Aún la tercera etapa, hoy bautizada Lomas del Ávila, exhibía más proyectos que construcciones, no teníamos iglesia pero sí un par de escuelas, y eramos tan pocos, que casi todos nos conocíamos al menos de vista. Mi hermana y yo colaborábamos con el padre Matías Camuñas en la parroquia de Las Vegas de Petare, y con él recorrimos muchos barrios de ese complejo conglomerado que nos rodeaba. Teníamos una relación distinta con la percepción común sobre su gente.

Esos días sirvieron para aprender con rotundidad, la inmensa distancia entre un disparo y un fuego artificial; para saber que mis padres también podían sentir miedo; para racionar hasta las horas de sueño.

Pero no vinieron del barrio a asaltar los negocios. Los propios paloverdeños, seducidos por la impunidad, allanaron los espacios en los que regularmente compraban y se proveyeron de productos que no necesitaban. Arrasaron con casi todo. Destruyeron la confianza y en varios casos, el capital de los dueños que nunca más subieron sus santamarías. Justos y pecadores pecamos, unos por acción, otros por omisión. Los allanamientos sólo ocurrían. Yo veía desde el balcón con mi familia, pensar en defender a los agredidos era una locura, porque la enajenación era lo común.

Llegó la guardia
Mucha gente aplaudió su arribo. Una tanqueta se estacionó frente al centro comercial. Sería removida en junio o julio de ese año. Si me toca caminar por ese espacio, aún la recuerdo, enorme e inamovible, como símbolo de inseguridad.

Tomaron las azoteas de los edificios, y una vez decretado el toque de queda, comenzaron sus disparos, una y otra y otra vez, hacia objetivos que no podíamos ver. Tres días más tarde, la guardia revisó casa a casa hasta hallar a los responsables con sus botines. Nuestro vecino, bautizó el bajante de la basura con los olores más exquisitos que cualquier paladar anhela. Muchas botellas depositó para librarse de la prueba de su delito. No sé quién le denunció, pero también fue detenido y en plena avenida principal, columnas de 10 hombres en filas dispares, caminaron cuesta abajo.

Fuimos a misa y vimos a Matías llorar con dolor, mientras narraba la muerte de inocentes en José Félix Rivas, y rogaba a Dios por su descanso eterno, por el perdón de sus familias, por la justicia necesaria para condenar la violencia de los militares. 



Al salir comprendí la distancia de las interpretaciones que sobre la actuación de los militares en Palo Verde hacían los feligreses. Un grupo sentía que habían salvado a la urbanización. Ese incluía a mis padres. Otro se conmovía por la factura de esa "protección". Allí estaba yo. Jamás nos pusimos de acuerdo.

¿Qué celebramos?
Hablar del levantamiento popular contra el paquete neoliberal, es una manipulación barata e irrespetuosa del dolor acumulado por tantos, en esos días tan desgraciados. Adjudicarle al delirio colectivo una consciencia política de clase, también. La reivindicación popular no ocurría en una discusión ideológica. Una nevera no era un voto, un colchón no era la representación de Marx, una botella de ron era sólo una botella de ron. La movilización del primer día, nada tuvo que ver con las de los días que le sucedieron. Sacar de la ecuación del dolor, las acciones militares y policiales, es un irrespeto.

Vivimos bajo la fantasía de la reinterpretación histórica de un militar, que para hablar de uranio acusa haber tenido un perro llamado Uranito, que tras la victoria de un venezolano en un mundial de golf declara haberlo practicado con un palo de escoba y un mango; que no tuvo, casualmente, vinculación alguna con los sucesos de esos días. Pero su versión no puede salvarlos a todos. La posibilidad de aprovechar cualquier suceso, para advertir su importancia histórica, es una técnica manida y poco eficiente. Así lo demostró el pasado 4 de febrero tratando de reivindicar su propia versión de la violencia como necesidad. No encontró discurso.

Al regresar al colegio, dedicamos varios días a intentar procesar lo ocurrido. Los profesores desantendieron la rigurosa demanda de las Hermanas, que ordenaban más celeridad para cubrir el pensum  y llegar a julio con todos los objetivos cubiertos. El Ministerio de Educación no era el norte de nuestros interlocutores. Escuchamos las versiones de todas, lloramos juntas, rezamos también. Ninguna otra habló de barrios, ni de ráfagas de tiros, mi versión era tan rara como la de mi urbanización, como el camión de Pepsi que vimos al bajar del colegio, cercada por barrios, con docenas casas y vidas rotas. Salvo que el líquido que bautizó sus calles, fue su sangre.

1 comentarios:

Petrusco dijo...

Queridísima Naky:

Conmemorar no es lo mismo que celebrar, como bien sabes.

El Sacudón o Caracazo significó tres cosas:

1) Un carajazo contra la soberbia Adeco - Copeyana, excluyente, corrupta y violenta, de la cual pocos hablan porque prefieren el olvido y muchos no conocen hoy en día, imbuidos en el desastre país actual como si fuera el único que ha existido en estas tierras. Fue una sacudida espontánea contra la soberbia de Carlos Andrés Pérez (CAP), de Antonio Ledezma, de Alejandro Izaguirre, de Ítalo del Valle Alliegro, de Moises Naím, de Miguel Rodriguez, de Ávila Vivas... y muchos otros personajes que hoy todavía siguen vivos y activos.

2) La activación de una conciencia colectiva violenta y descontrolada de que en cualquier momento "se podía desbordar el orden público" con una consecuente convicción de invulnerabilidad en las acciones grotescas e ilegales si eran disfrazadas de lucha popular y reivindicativa. Cosas que nos han hecho un profundo daño como sociedad hasta el sol de hoy al ser manipulada políticamente esa promesa de saqueo sin cárcel en caso de que se agoten las otras vías.

3) El desenmascaramiento de la democracia representativa y del falso espíritu demócrata para mostrar su fea cara asesina, represiva y militarista al mundo entero (pues en Venezuela era bien conocida esa faceta malamente escondida por los medios interesados). Se demostró, con los centenares de muertos sembrados en las calles criollas pero invisibilizados por los titulares de prensa, cual es la respuesta definitiva para cualquiera que se oponga a ideas económicas y políticas similares a aquellas de aquel entonces si son promovidas desde el gobierno con su ejército de militares y policías a su entera disposición.

Tres elementos que se convirtieron en inestabilidad política, es decir, en el río revuelto en donde pescaron tanto los enemigos internos de CAP para removerlo como el naciente chavismo.

Un abrazo de remembranza!

Petrusco