Las suyas nunca me han parecido unas tetas. Hay demasiada distancia entre ambos cerros, una extraña aridez y esa notable desigualdad de tamaño y forma. Las prótesis mamarias vinieron a resolver ese problema. Estamos en el imperio de los senos Barbie: simétricos, alzados, alineados e idénticos. Somos la prueba de cuánto y cómo influye la industria en una generación, porque nuestras madres no jugaron con esas muñecas, pero nosotras sí.
Silencio. Los únicos ensayos de sonrisas se vieron interrumpidos en la tasación ocular y colectiva de mi talla y copa, en la comprobación de mi pertenencia al grupo descrito. Nueve versus una en la misma sala, ganaban ellas y su estática exuberancia delantera. Gracias a la providencia, Jessica tomó la palabra para decir: “pero las tuyas se ven bien naturales, ¿no?”. La única ventaja del pésimo sistema de atención de la pastelería más cercana a nuestras oficinas, es que pierdes mucho tiempo, y decidí invertirlo en ellas. Eran una jauría de información estética y como mi estampa no representa competencia alguna para sus lides, accedieron a tomarse el café y los dulces conmigo, en una mesa digna de reencuentro estudiantil, intergeneracional eso sí, y yo en el medio de la campana de Gauss. Bueno, de todas sus campanas. Son funcionarias públicas, obligadas a portar prendas del color oficial, carnet con cinta de mercadeo ambulante y coincidimos regularmente en los pasillos de la planta baja que alberga sus oficinas y la mía.
A pesar de Osmel
De arriba abajo Jessica luce extensiones de cabello, cejas depiladas y tatuadas, bótox en los pómulos y labios, brackets, implantes mamarios, 4 costillas menos, uñas acrílicas, implantes de glúteos y depilación brasilera total.
Usa a diario una plancha para alisarse el pelo -en su criterio es menos abrasiva que los secadores-, maquillaje perfecto, tacones con plataforma y ropa ceñida. Toma infusiones de un doctor chino para adelgazar, no come dulces ni pan, no cena nunca, usa faja completa de lunes a viernes. Se mantiene las uñas con una frecuencia bimensual, la depilación cada tres semanas, citas odontológicas mensuales y se considera muy joven para empezar consultas ginecológicas. Sólo ha sido evaluada por su cirujano plástico y un traumatólogo que la atendió en emergencia hace años tras haberse caído de una bicicleta.
Aún debe la mayor parte del crédito bancario con el que financió sus cirugías. Jessica tiene 24 años, mide un metro 64 centímetros, pesa 45 kilos, gana poco más de salario mínimo y tiene prótesis PIP de 400 cc. Le da gracias a Dios de haber tenido el dinero para pagar todo eso, una inversión necesaria en su criterio, porque: “No todas llegamos al Miss Venezuela, pero hay que hacerle creer al resto que sí.”
Cuando ya no eres Carrie Bradshaw
Adiós, Dorian Gray. Los pactos han sido desplazados por transacciones bancarias. Los retratos por bisturíes, prótesis e inyecciones. Lo que para muchas es el pase a la oferta de la juventud perpetua, para otras son retoques necesarios, un refuerzo en esas zonas donde el mestizaje no fue genéticamente eficiente.
Victoria, de 39 años, habla de la condición post materna sin descartar la felicidad de su matrimonio y sus niños. Llegó a sentirse fea. Le disgustaba verse desnuda y está segura que esto influyó en su vida sexual. Fue a consulta con su mejor amiga y les ofrecieron un descuento significativo. Casi un 2×1. Así se colocó sus 300 cc en cada pecho. Ha estado persiguiendo sin éxito a su cirujano porque no sabe qué tipo de prótesis porta. Teme que siendo de la empresa francesa tengan que extraérselas. Pero no tiene cómo financiarse unas nuevas.
Ante la avalancha de declaraciones médicas, ella prefiere utilizarlas hasta que sea irreversible, hasta que alguien le convenza que tiene un daño de verdad: “porque ya tú viste lo que pasó con la H1N1… todo ese escándalo, el fin del mundo y luego nada. Yo me siento como una de las tipas de Sex and the city. Aunque no viva en Nueva York, estoy buena. Yo siento que estoy buena y no me voy a quitar mis Cosmopolitan”, afirma mientras sostiene el contorno de su pecho. El resto se ríe.
El susto va por dentro
Yamileth es la única que habla del miedo con miedo. Este es el segundo par de prótesis que utiliza. Su cirujano insistió en respetar los tiempos de vigencia sugeridos, a pesar de que las primeras extraídas estaban en perfectas condiciones. Repite el argumento de la juventud ceñida a la turgencia de sus pechos. Invierte miles de bolívares al año en peluquería y vestuario, pero estaría incompleta sin sus senos.
“La estatura que te dan los tacones es nada frente a la manera que te crece el ánimo cuando un tipo se te queda viendo como si quisiera arrancarte la blusa, mana”. Fue dicho sin acento, el verdadero maná son las miradas de otros, la lascivia fugaz, como calcomanías de un álbum para el ego, recreándose en las historias que nunca desarrollará pero que se divierte imaginando.
Eso, a los 48 años, es un prodigio de circunstancia, porque ella recuerda a su madre a esa edad y le parecía una vieja, con su ropa cerrada de ribetes enormes, sus sandalias horrendas y el pelo en tránsito hacia el blanco permanente, arreglado en un moño que nunca más vio desatado.
Yamileth usa jeans, tacones que prueban su talento para el equilibrio, bisutería iridiscente y adora su copa C. Al narrarlo así, ya no hay aprensión, la única posible es la que le despierta perder su patrimonio de identidad sexual.
La que no tiene, que use push up
De las nueve en conversa, sólo una sabe el tipo de prótesis que tiene, conserva el certificado y pudo hablar con su cirujano, que le garantizó que todo está bien. El resto hizo algunas llamadas, pero se encuentran en el estadio de la negación. Ninguna está dispuesta a operarse de nuevo.
No temen al estallido de sus prótesis ni a los efectos colaterales. Les resulta impertinente pensar que deban renunciar a su sinuosidad sin nada que les compense la ausencia. Karla llegó a sugerir que el mismísimo gobierno debiera pagar las nuevas prótesis y reconocer mediante un permiso especial, la ausencia laboral de las afectadas por tal circunstancia.
Hablan de sus prótesis como si en realidad fuesen guantes protectores contra el cáncer, contrapesos al irrevocable tiempo, las manzanas suspendidas que nunca observó Newton, el mordisco que cambió la historia del principio del mundo y ahora altera la gravedad frente al espejo.
Y yo que siempre creí que las Barbies eran demasiado tiesas, asimétricas, con esas piernas requetelargas y un torso mínimo. Y yo que juraba que ganar años me acercaba a la liberación de tanto prejuicio sobre mis curvas exageradas, mi inapropiada panza, mi torpeza motora que niega toda concordancia entre unos tacones y mi desplazamiento. A pesar de que la potencial agresión late en sus pechos, parecieran más graves las consecuencias a retirar lo que les mantiene encumbrados: no hay push up que congregue la racionalidad y la concupiscencia; ¿y cargarlas como las de María Guevara? ¡’Tas loca, mija!
Publicado originalmente en Prodavinci: http://prodavinci.com/2012/01/14/actualidad/las-pip-de-maria-guevara-por-naky-soto/






1 comentarios:
¡Aplausos!!!!!! Viva la autoaceptación!!!
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