Gonito

27 noviembre 2011

A Sinar Alvarado


Madrugar siempre ha sido una tragedia para mi ánimo, en mi estrategia he aprendido a alejar el despertador, de modo que la única manera de aplacar su atorrante sonido sea parándome. Aún se me complica el sabor del café con el residuo de la crema dental, pero sin él, nada soy. Asumiendo que es inútil intentar acomodar mis pelos nuevos, observo mi (des)peinado en el espejo del ascensor. ¿A qué hora comenzarán a trabajar los quiosqueros de esta zona? Pasé por seis en busca de un ejemplar del Tal Cual y nada. 

Pagué el ticket con un cuarteto de fuertes que mantenían mi monedero muy pesado. No esperé mucho. El vagón lucía cargado, pero un gentío se bajó y así conseguí la silla. A mi lado un muchacho aplicaba la técnica del somnoliento, con la gorra equilibrada sobre el tabique de su nariz. Enseguida se acomoda, como si le hubiese dado los buenos días y estuviese obligado a responderme. Me mira con curiosidad y sonríe. No tiene ni un solo diente frontal de la mandíbula superior. Me despertó el olor, dice. Me río. ¡Lo tiene todo, jabón, champú, ropa limpia, guele rico!, dice. Le doy las gracias y vuelvo a sonreír.

Saco mi libro asegurándome de cerrar bien el bolso, que para no variar tiene proporciones de pañalera de madre primeriza. No pasó un minuto. ¿Qué lee? Volteando la portada a sus ojos le digo: un cuento llamado, Cuéntame otra vez la noche que nací. ¿De qué va? ¡Míralo! Lo agarra con cuidado. Acaricia las páginas y comienza a leer casi gritando. Me da pena con el resto, porque voltean, no entienden si es un pastor evangélico o un loco, era como si en lugar de atropellarles con la música de su celular lo hiciese con su lectura, sus risas, su fascinación. En Bellas Artes me advierte que se baja en Capitolio, ¿tú crees que me da tiempo de leerlo todo? Temí que quisiera llevárselo, es un cuento viejo que saqué para hacerles unos álbumes a mis sobrinitos, y sus dibujos son tan lindos que me daba pena perderlo.

Sigue leyendo. Ya hay un cerco de unas doce o trece personas alrededor de nuestro par de sillas, escuchándolo y esperando que voltease el ejemplar para verlo. No se baja en su estación. Sigue conmigo, con el cuento más bien. La luz de Caño Amarillo inunda el vagón y acerca el libro a la ventana. No'jo, así se ve demasia'o bien. Y la risa sin dientes queda suspendida entre su ancha nariz y un mentón con pocos pelos. Le advierto que me quedo en la próxima. Él se para de una vez y me pregunta si voy para el 23 o para Catia, que él me acompaña para terminárselo. 

Mi contacto no arribará a la estación hasta las 8:30, me quedan cuarenta minutos de espera porque no hubo retrasos, ni bajones de electricidad, ni rieles descompuestos. Se detiene frente a los torniquetes, le quedan dos páginas para terminar. Lo cierra y sonríe. Creo que dice gonito, como bonito con gé, pero no estoy segura. Con el guayoyo en la mano, en la salida noreste, por donde pasan decenas de personas con sus trajes de baño conteniendo sus contornos, me cuenta que se dedicó por años a asaltar señoras viejas con camionetas. Que era un lince, sólo había que gritarles duro y pegarlas contra una pared y ellas se congelaban. Pero qué va, le mataron a sus tres hermanos en circunstancias diferentes y fue el llanto sostenido de su mamá, por días, semanas, coño por años -cree él-, lo que le hizo desistir de su maestría en robos. Esta, es su primera semana de trabajo serio. Nos despedimos con un chao, sin besos ni manos estrechadas. No escuchó mi deseo de que tuviese un buen día.

Me lega la duda. Aún no sé si el gozo de su tono de voz contando su resumen como criminal fue superior al que le acompañó durante la lectura. 


Creo que debí regalarle el cuento.

4 comentarios:

Lorrein dijo...

Me robó una sonrisa, usted si escribe gonito. Beso.

Val�rie dijo...

Muchas gracias... =)

YaDi dijo...

De no ser por el pajarito azul, la lectura hubiese estado PERFECTA! Besitos!

EverST dijo...

Estuvo muy chévere el relato y concuerdo con que hubiera sido mejor sin el pajarito azul (leyendo desde el teléfono). :)