Como es bien sabido por todos, ya existen importantes distancias de estructura de personalidad a razón de sexo, género y orientación, pero aún con la clásica combinación: mujer, femenino, heterosexual, no hay veraz garantía para la titulación de cuaima. La cuaimicidad es un arte, pero sin duda la cuaima es un rol, del que una mujer puede entrar y salir a placer.
Una cuaima a secas (Cuaimus Totalus) difícilmente es exitosa. Todos los casos que guardo en registro (y algunos otros en observación) suponen el uso deliberado, programático, premeditado y voluntario del ortodoxo método pasivo-agresivo, que la maternidad obra desde nuestra lactancia y que, sólo en la práctica, alcanza sus máximos niveles de desarrollo, estimulando satisfacciones que rebasan con creces el hallazgo por parte de un amante experimentado del punto G. Y afirmo categóricamente que para la observación, pero aún más, para la completa comprensión del rol, la producción de tetosterona y el porte natural de pene y testículos representan una limitación de significativo peso (la limitación, no los adminículos) en el estudio profundo de los alcances de la cuaimicidad.
Trabajemos el ejemplo de la común discapacidad masculina para el olvido del calendario de pareja. No me refiero al método del ritmo, ni a la ingesta de pastillas anticonceptivas. Hablo de todas las fechas que suponen hitos en la conformación del anecdotario íntimo: cuándo se conocieron, cuándo se besaron por vez primera, cuándo tuvieron sexo por primera vez, el primer orgasmo (de ella, el de ellos suele estar medianamente garantizado), el empate, la presentación en sociedad, el mes y año de edición del disco de la primera canción que le dedicó, la solicitud de matrimonio, el día de la selección del vestido de novia, la boda, la mañana del mejor desayuno de toda la luna de miel, las fechas de cumpleaños de todos los familiares primarios y secundarios (de ella) y de las mejores amigas; por mencionar sólo algunos. Decía pues, que ante semejante abanico de remembranzas, las probabilidades de error son superiores a las de las estrategias políticas de Leopoldo López, por lo que suele ser material imprescindible para el ejercicio de la cuaimicidad y las aventajadas manipulaciones emocionales que entreveran los olvidos. Esto, sólo puede ser sistematizado desde la feminidad.
Una cuaima es una verdadera multitasking para la búsqueda, hallazgo y ejecución de errores -por obra u omisión- de su pareja, para su uso a favor, y para la entrega de placebos menores que convenzan al otrode la resolución del conflicto, salvo que, el Archivo de Indias de una cuaima goza de servidores más potentes que todo el conglomerado Google. Una afrenta de género jamás se resuelve, se archiva, y contará con las etiquetas necesarias para su clasificación múltiple, garantizando su uso asertivo en las condiciones más inesperadas, siendo este, otro potente blasón para la definición de tan peculiar especie.
Por ello, la Cuaimus Sensibilea es, de toda la variedad, la más exitosa y curiosamente, común. Sus demandas se corresponden con sus entregas, en rigor, las primeras suelen ser menores que las segundas, toda vez que, vive de la recopilación eficiente de logros para la exigencia temprana de sus necesidades, la resolución de sus problemas y la satisfacción de sus deseos.
Cerraré la reflexión con la caracterización de la extraña Cuaimus Minimum, especie en evolución cuyas aproximaciones al ejercicio de la cuaimicidad son verdaderamente intuitivas e ingenuas, de modo que, cumple con la necesaria confirmación de la influencia de los ciclos hormonales y estados anímicos subsecuentes para la escasa aparición de sus demostraciones de celopatía, territorialidad, enojos o necesidades no complacidas en demanda. A esta mujer, simplemente le ocurre, se descubre en circunstancia, pero no lo planifica, desconoce de estrategias y alcances, por lo que difícilmente pueda guardar registro para su estudio, lecciones aprendidas y consecuente reedición.
Termino con la admisión del ejercicio de creatividad, la negación de vínculo alguno con estas prácticas y la culpa por prestar mis servicios de redacción al reforzamiento de un mito profundamente misógino, lo suficiente como para reírme de él a pesar del tiempo dedicado a estas líneas.






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