Podría hablar del problema de la bancarización en Venezuela. O de la inseguridad que ha obligado que en los nuevos protocolos para cualquier usuario, el uso del teléfono celular no sea una opción para pasar el tiempo. O de mi pésima memoria que siempre evita que lleve mi picosito1, y así pueda divertirme con música en los oídos. Era la 1:30, afuera el calor adquiría visos maracuchos, la humedad no era normal y no había nube que predijera el consuelo de un palo de agua para domar al solazo. El ingreso a la agencia bancaria garantizaba la vertiginosa comodidad de un aire acondicionado –calibrado también con criterios marabinos- y, bueno, nada más que eso, porque tener por delante a 16 personas para hacer un depósito, es desestimulante, pero ya había vaciado todos los numeritos en la planilla, cuyo diseñador descubriré alguna vez y le torceré los ojos, pues por ella sé que no soy miope, pero si las sigo usando podría serlo.
Sin celular, música ni compañía programada la única opción posible era ver: a los vigilantes con caras de Rambo y en rol de Marine bronceado; a los cajeros que sin duda obtienen mejores bonificaciones a fin de mes en justa proporción al menor número de clientes atendidos; a las promotoras graduadas en antipatía y con especialización en Tensión al Cliente, a los que me antecedían, con toda la envidia posible por estar en el lugar de la fila que yo anhelaba. Ninguno me generaba tanta aprensión como los motorizados, ¡con 25 operaciones en un mismo fajo! ¡decenas de planillitas repletas de números y cheques! ¡media hora de un cajero sólo para él! Llegaron un par de doñas, ya seguras –afortunadamente- de los privilegios de la 3era edad y pasaron directo a la caja sin mediar mirada con nadie que no fuese el cajero. Y mientras evaluaba qué sería más fastidioso si quedarme allí o volver a rellenar la bendita planilla, noté el hueco en la cola, como un claro en un monte, como el espacio necesario para que una niña bailé con su hulla hop a la cintura: una mami.
Tacones imposibles: de aguja no menor a
Movía sus lisas extensiones con suficiente calma para ser interpretada como un juego de seducción colectiva, pero ninguno de los presentes tenía idea de cuánto cuestan esas benditas greñas empaquetadas y mucho menos lo tedioso que es amarrarlas con el tino necesario para que no se note –tanto- que son lo que son. Las uñas no ayudaban, demasiado largas, rojas con vibración, esa iridiscencia apetecible por nuestros ojos aunque las razones varíen considerablemente, unas para poder criticarla a mansalva y otros imaginándosela quién sabe dónde. Bueno, sí sabemos dónde.
Después de 15 minutos de espera común, cuando presumo ya se aburría del apetito de los presentes comenzó a chequear a cada cajero, esquivando el evidente morbo y valiéndose de las escaleras sobre las que posaba. Lo vio. Lo vio viéndola. Él vio que ella lo veía. No hubo forma de evitar su rubor. El de él. Touché. Ella sonrió. Lo supo. Él supo que ella sabía. Volvió a sus formatos, al teclado numérico que nunca miraba, que gastado ya no presentaba dígitos, pero él como tantos los conoce por memoria muscular y podía teclear sin mirar. Al teclado, no a ella. A ella no había forma de no volver a mirarla. Aunque él la viera viéndole. Aunque ella lo supiera.
Sudaba a pesar del frío. Sobre su frente se asomaron en simultáneo docenas de gotas de un sudor cuya medición de tetosterona hubiese alcanzado para la barba de tres semanas seguidas. Ella bailaba como su tatuaje, apenas perceptible, una punta, una esquina, un pedacito, un asomo con brillo, como un cierre cuya empuñadura no logras controlar pero sabes que está allí, aunque tus dedos no te permitan asirle, aunque su fino engranaje espere su tránsito para abrirse por completo.
Otros intentaron interponerse, con carraspeados impertinentes y toses que antecedían los comentarios más comunes en semejantes condiciones: lo lento del servicio, el tiempo perdido, que siempre es igual, que hasta cuándo. El Rambo más cercano acudió a arreglar la cinta que demarcaba el curso de la fila, única posibilidad para acercarse prescindiendo de la panorámica y disfrutar de un primer plano de la exuberante felina. Él tan pigmeo y ella tan inmensa, y no había uniforme capaz de captar la atención de sus cejas maquilladas con tinta china. Pasaron dos doñas más, salieron tres de los motorizados, una mantuana que sí recordó su Ipod y un chamito con más cara de pasante que Javier, el que está haciendo servicio comunitario en la oficina.
Con todas esas bajas, ella seguía de segunda y yo de novena. Ella con espacio y yo medio apretujada, aunque no lo suficiente para no sentir las pecas entumecidas a fuerza de tanto gas refrigerante. Y lo soltó:
“Papi, si quieres yo te invito la chicha al salir, pero págame el chequecito”
Lo entendió hasta el cliente de turno que dejó la ventanilla del galán de pelos empatucados en Rolda y corbata Dorsay sin pedirle las planillas para futuros depósitos. También contribuyó el señor que tenía el primer puesto en la cola y que la dejó pasar en un gesto de lasciva cortesía por el que no obtuvo ni media sonrisa. El propio compañero del galán que no atinaba a la máquina esa que cuenta billetes mientras le guiñaba el ojo por semejante suerte. Hasta la gerente de la agencia le sonrió con cara de mamá que ve a su hijo crecer de repente, aunque este sea otro tipo de estirón.
Él le pagó y ella a él.
Pareciera que con la salida de ambos todo el orden de la agencia cambió y me tocó solventar el depósito y salir y verles bajo el toldo del chichero, ella jugando con el pitillo al sube y baja de su contenido –eso no se hace, pobre muchacho- y él adaptándose al clima que ahora sí estaba equilibrado y ameritaba en su caso una piscina para refrescarle el deseo y la vergüenza combinados. El chichero -lo descubrí bajo el mismo paraguas- es un maestro jedi criollo. De lo poco que dijo, todo me resultó coherente y apropiado. Que no hay problema que no se resuelva sellándolo con canela. Que bajo el sol nadie se resiste al hielo. Que ella puede ser un mujerón, pero la leche condensada nos hace a todos niños apenas probarla y cuando somos chiquitos no mentimos igual. Que el muchacho ganaba esa transacción porque su risa es honesta, y que en efecto, ese pegoste en la cabeza tumba los pelos después de dar mucha caspa.
Ella entró al edificio de su oficina. Él cruzó la calle hacia el otro centro comercial. El chichero escuchó que decidieron ir al cine. A él le parece una necedad porque en el cine ni puedes hablar, ni puedes ver y ellos lo que querían era volver a verse. Le digo que las cotufas también tienen buenos efectos. Responde él: “pero nunca como una chicha”.
1Picosito: del criollo Picó, derivado del equipo de sonido Pick Up o tocadisco. En mi familia le decimos a los Ipods y cualquier coroto con funcionalidad musical "picó" y como el shuffle es chiquirritico, le decimos picosito :D






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