Mi papá nació en un pequeño pueblo en la Península de Araya llamado La Angoleta. De allí migró a Marigüitar y a las 12 años se vino a Caracas. La Angoleta es un pueblo feo, signado por el olor de las gallinas, los cochinos, el bahareque, el pescado en cualquiera de sus etapas y los residuos de cerveza en centenares de botellas mezcladas con los chinchorros, las redes, el aceite de los motores que aguardan reparación, bajo la reproducción de canciones ya imposibles de escuchar para todo aquel que no sea fanático de la "Vitrola Popular".
Papá se bañaba con la lluvia, literalmente. De resto, al caer la tarde su Tía Angela le sacudía la sal del cuerpo y le pasaba trapos de agua dulce para que no le salieran escamas. Debe ser por eso que me fascina mojarme bajo un palo de agua, y, cuando estoy allá, andar como una sardina todo el día, hasta que llega la hora de dormir y es sensato que la piel huela a crema y la sábana no se empantane con restos de sal y arena.
Leer este libro es un viaje nutrido por parientes que pudieron ser los míos, los de cualquiera, la fascinación por un trozo de hielo o la historia de padrotes cuya reputación crecía por hijos engendrados. Demasiada desgracia eso sí, pero de no ser extenso, seguro lo leeríamos de una sentada. Quieres saber más, qué vendrá, que pasará. Es imposible que olvide la primera vez que lo leí porque tuve lechina y estaba en La Angoleta. Fue un viaje raro que hice con mi dulce nana, Zenaida, en autobuses desbaratados y con demasiada gente temiendo mis aplicaciones de Caladril por la infame combinación de las protuberancias y el sudor que multiplicaban el escozor a niveles inenarrables. Mi salvación fue el libro; la brisa y el libro, el mar y el libro. Leerlo allí fue el sello para esta sencilla asociación de curiosidades y escapes, de historias que nadie me contó, sólo García Márquez, como a millones de personas en el mundo.






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