Yo, el necesario

18 abril 2011


Sin óptimos, Pareto, así vivimos en Venezuela. Plantearnos una sociedad sin la lógica de Tío Conejo, es imaginarnos como una partida de pendejos, y a estas alturas, quién querría darle la razón a Uslar Pietri. Sea por el avance del capitalismo, que habiendo acabado con la vida en Marte, vino a instalarse en el imaginario colectivo de quienes interpretan como imposible un escenario de mejorar sus ganancias, sin perjudicar al otro. El progreso de la gesta revolucionaria entrevera la necesidad de reivindicar la distancia con el bien, con la felicidad, perjudicando primero a quienes creen ellos que sí las disfrutaron, pero asegurándose que nadie, además de ellos, gane algo.

Ganar siempre obra en perjuicio de otro. Ganar, cuando el que gana no eres tú, es malo y por ende condenable. ¿Cómo seremos solidarios si estamos mejor?, ¿cómo conocer a cabalidad el dolor que no has sentido? Venezuela es escenario del vicio total, de la injusticia como imperativo, de la retaliación permanente contra todo aquello que no se ajusta a mis fines. El que responde: "Sí señor, comandante presidente, señor", curiosamente disocia toda posibilidad de opresión en ese bálsamo al ego militarizado y autocrático de un PopStar que ya no puede entender el mundo sin cámaras ni aplausos. Pero, según Platón, el PopStar debe ser más desdichado que el -electoral- 52% que votó en su contra. Bastaría saber si el 48% restante es verdaderamente feliz con él en el poder, con la representación que él mismo ha logrado instalar de felicidad, con la prioridad de aleccionar a la querella sobre la propia justicia social.

Si la actualización del software "vida" sólo ocurre en la polis, queda muy claro el divorcio que posibilitaría una acertada tangente ática en este país. Ante la posibilidad de marcharnos, habida cuenta de la condición de ciudadano español de mi esposo, se me ocurrió declararle que yo sólo sé ser venezolana. En mi experiencia en otras tierras, llegué a sentirme un perro verde: la impecable sustancia de la esbeltez en Ucrania; el orden hasta para saludar en Canadá, el bien individual con dimensión colectiva que le permitió a los chilenos disfrutar antes de los trabajos de ortodoncia de Piñera, que de los 33 mineros rescatados; el estar psíquicamente en forma, aunque para los argentinos esto suponga un entrenador personal de por vida; leer y cultivarse así sea con las líneas de Dan Brown en el Código Da Vinci, como ocurre con los gringos.

Estar en forma y hacer el bien, termina siendo poco rentable y atractivo en Venezuela, nuestros incentivos no incorporan lo colectivo. Para pensar en matrices tienes que ser mujer y madre, pues probablemente es ese rol, el que abre el compás para comprender cómo y por qué, la apuesta por alguien más que tú, enriquece tu propia estancia, reenfoca tus objetivos, ennoblece tus fines. El bien vivir y el llegar a ser en este país, se complejizan a razón de nuestras exageradas fallas estrucuturales, esclavizándonos al dueño de un poder que a su vez, depende con exclusividad del oro negro, por lo que debe estar rogando para que no se recupere ningún tipo de normalidad en Oriente Medio, pues mientras el barril se mantenga sobre $100, alcanzará para la campaña permanente, la admirable y la electoral. Alcanzará para seguir siendo esclavo y esclavizar mientras promete justicia, para engrosar la falacia de una dimensión colectiva que aplasta inexorablemente toda posibilidad de bien individual, porque el bien es él: qué importa si es suficiente, él se jura necesario.

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