Yo creo en ti

03 abril 2011


“No creo que hay verdad absoluta,

ni tampoco perfecta conducta,

y aunque es así,

cariño, yo creo en ti"

Rubén Blades




Antes de sentarme frente al teclado, hice un breve arqueo de mi cristiandad, iniciado en pre kinder bajo la tutela académica y espiritual de la congregación de las Hermanitas de los pobres.


4to grado de primaria. Edad promedio: 10 años. Momento propicio para explicar con aspavientos y sin detalles, lo que orgánicamente ocurriría con nuestros endometrios, en palabras de la Hermana Resurrección, la menstruación era (SIC): “el llanto de sangre que brota del vientre por el hijo no concebido”. Nada que hacer, en los ochentas no era tan común la iniciación pueril al ejercicio sexual y menos viable la comprensión de estas palabras, que nos hicieron anotar como tarea a dos bandas: la reflexión sesuda e individual (¡ja!) que luego compartiríamos una a una en la capilla del colegio; y el desarrollo en casa, con la enciclopedia disponible, de una explicación científica a semejante fenómeno de culpa. A esta edad, mi vientre es la Lupita Ferrer de mi estructura orgánica y yo la impía que no ha logrado cambiar su funcionalidad.

¿No será que es más rentable la declaración pública de la intencionalidad del bien, antes que el compromiso cierto del bien como un objetivo común -personal y en la medida de lo posible colectivo-, y tendríamos ahí otra fuente, además del problema de la información, como explicación probable al fracaso continuo de tan noble deseo moral? Ser bueno no es universalizable, pero es rentabilísimo para el establecimiento de una reputación que goce, me corrijo, que te haga gozar de la complacencia de otros que creen en tu ejercicio -o impostura- y en la conformidad que el mismo desprende para su propio concepto del bien. O, sus intereses.

Cobrar distancia de mis torquemadas andinas -o en su mayoría repatriadas españolas-, me abrió el compás para una fórmula sencilla: el problema no era la fe de aquellas sacrificadas mujeres, si no lo arcaico de sus métodos, con los que pretendían armar el tubo de nuestra devoción, en rigor se resumía sólo a uno: pecado. Unas páginas de autoayuda como método de mercadotecnia, hubiesen sido muy útiles en su momento, no para apostarle a la fe sin intermediarios o creerse la estupidez de Dios viajando en Ferrari, más bien como señal inexpugnable de que lo bueno vende más; que efectivamente la "carne" es un gran espacio de escape a tanto rosario mal consignado; que placer no es culpa; que la risa no hace daño, que el sacrificio no necesita llanto, que la letra no entra con sangre. Es más fácil redactarlo habiendo hecho acuse de cada Ave María necesaria para mi redención infantil, que creo haber obtenido, el problema es la adultez.


Pasé a las manos de Matías Camuñas, y recorrí Petare de arriba a abajo con otro concepto: la otredad. Nada más. No había tiempo de confesiones en medio de tiros y velorios de aquellos malandros que sólo robaban los zapatos modelo Michael Jordan, unos ángeles evaluados en retrospectiva. Y aquel sacerdote hizo estallar los ánimos de la santa iglesia inciando la visita del Papa Juan Pablo II al declararle que esa cárcel de paredes y barrotes pintados-hoy vuelta polvo-, era una falacia. Se lo llevaron lejísimo, e ingresé en la UCAB.


Pero al mejor estilo de la película "Inception", ya la raíz estaba sembrada, la respuesta a la pregunta abierta del cómo se encuentra la plenitud, la esperanza, el regocijo, en un país donde justamente es la vida lo primero que te juegas cada vez que sales de tu casa, la estructuré en acción: creyendo en otros, amando a otros, trabajando por otros. Explicarlo es más sencillo para quien comparte el entorno, para quien también vive con la bendita espada de Damocles, tengas o no un Blanckberry en la cartera, porque quince millones de armas ilegales jamás le ganarán a unos programas de formación para líderes comunitarios, pero igual los seguimos haciendo.


Sede del Seniat. ISLR. A mi lado declaraba un tipo de unos 50 años con pinta de administrador promedio y un reloj que ostentaba reconocimiento de clase media en crecimiento. Su cifra era Bs. 573.000 percibidos en 2010. La muchacha del Seniat miró mis ingresos impresos en papel reciclado, y sin disimular su desdén espetó: "Mamita, tú no tienes que declarar, tú no llegas ni de vaina a las unidades tributarias que exige la ley, ¿me vas hacer gastar esa tinta?". Suspiré, el señor no le dio chance a mi vehemencia habitual y dijo que ese bendito papel lo pedían para todo, así que por favor me lo diera. Sonreí en señal de agradecimiento mientras escaneaba la lástima que le produjo mi salario. Regresé a colgarlo con un chinche al lado del marco lógico de un proyecto en construcción.


No tendré los reales, pero tengo las ganas. Y si esta no es la ruta, al menos es la que elegí, sin apuestas, y que me disculpe Pascal.

1 comentarios:

german dijo...

yo en cambio creo que estas blogueando otra vez con regularidad ó me equivoco?