- ¡José Antoniooooooo! ¿qué hace eso ahí? - ¡Cuidado, mami! ¡No te acerques! - ¿Cómo que no me acerque? Luego tu papá comienza a buscar sus cosas y no las encuentra. Siempre el mismo cuento, Joseíto, ¡es que tú no aprendes! - Mamá, te lo juro, te puede hacer daño. Mejor vámonos, yo arreglo eso después. Resoplando y mirando al techo en señal de hartazgo, Marta regresó con él, viendo que se asomaba tras su cadera, como si de verdad temiera algo. Optó por impulsarle desde la espalda para que el niño acelerara el paso, ya olía a un plátano más "cocido" de lo necesario para convertirse en tajadas. Desde pequeña supo que era un principio universal del plátano: si te quedas viéndolo, no se fríe nunca, pero si te marchas, se hace más rápido y se quema. En efecto, tuvo que retirar unos trozos achicharrados del sartén y con cada trozo atizado se hacía más clara la imagen de su propia madre repitiéndole: "es que tú no aprendes, Marta. Hacer oficio es lo único que te permitirá tener marido: mujer que no cocina, no se casa". Terminó de botar los carbones de plátano maduro y agarró encima de la nevera otro más pintón que igual cumpliría la misión de baranda para las caraotas, el arroz y la carne mechada. Era la comida favorita de sus hijos, o al menos eso estimaba ella. Y no estaba equivocada. -Menos mal que hiciste pabellón, mami. Necesito mucha fuerza para lo que tengo que hacer ahoritica. ¿Llamó a Paulacé? Por toda respuesta obtuvo un "ujum", y Joseito bordeó el marco de la puerta como si de una misión policial se tratase, pegando su cuerpo a la pared, con sus brazos estirados a cada costado, girando sólo la cabeza y asomando levemente la punta de su nariz y el rabillo del ojo izquierdo. Allí está Paula Cecilia, su hermana mayor, bailando sobre el mueble al ritmo de algún reguetón, de cualquier cantante porque para él todos cantaban igual, con gestos que le había dicho Elías se hacen en los vídeos deportóngrafía, unos que veían "los grandes" y que para tener éxito. Para exitarse, pues. A él no le quedaba muy claro el cuento de los portones y el éxito, pero como Elías se la pasaba registrando todos los archivos de la computadora de su hermano mayor, algo sabría del tema. Paulacé, ya no era simpática con él. Antes le hacía cariños, lo trataba como a una mascota y a él le encantaba eso, pero después se le pasó, comenzó a torcerle los ojos, todo lo que él hacía estaba mal, lo botaba de su cuarto, cerraba la puerta con pestillo y le gritaba lo mismo: “¡multiplícate por cero, Joseíto!”. Paulacé tenía novio. Le decían Joaco. Jamás había ido para su casa, sólo la acompañaba hasta la esquina del frente y ella cruzaba la calle volteando cada tanto para hacerle gestos con los dedos. A lo mejor le decía algo, pero desde el piso 7, que era donde quedaba su apartamento, no se escuchaba nada. De resto, la vida se le iba en Facebook, donde él aún no tenía cuenta porque y que era muy pequeño. Embuste, todos sus amigos tenían una y nadie en su familia se molestaba por eso. La única revancha, era que mientras todas las amigas de Paulacé tenían blackberry, ella tenía un celular chiquitico repleto de calcomanías, y cada vez que podía le recordaba a su papá que lo único que quería de regalo de cumpleaños, navidad y cualquier cosa, era el bendito teléfono. - Paulacéeee, que dice mi mamá que vengas a comer y que dejes de bailar como una culebra con hipo. - ¡Estúpido!, ya voy. Volviendo sobre sus pasos y apartando la silla donde iba a sentarse le preguntó a Marta: -¿Oíste cómo me llama, mamá? - Déjala que se siente, ya me va a escuchar a mí. - Mami, ¿qué es la portóngrafía? ¿Por qué exita? Marta terminaba de rallar el queso blanco para las caraotas y contuvo la risa, mientras comprobaba que el azúcar también estuviese en la mesa. - No sé, Joseíto, yo creo que es un arte para pintar portones. - ¿Cómo el del colegio? - Ajá. - ¿Y por qué hacen videos con eso? - Ah bueno, me imagino que para que los muchachos aprendan a pintar mejor. - Y después se quejan de que hayan tantos graffitis: si los ponen en vídeo, todo el mundo aprende, ¿no? - Sí, mi querencia, hay más paredes que portones, es verdad. Paulacé se incorporó de repente, cruzando la pierna izquierda para apoyar el resto de su cuerpo en la silla, Joseíto movió la boca sin emitir ruido mientras simulaba decir: “¡Siéntate derecha, niña, que te vas a joder la columna!”. Casi en simultáneo, Marta repetía en voz alta las mismas palabras. Comieron tranquilos, y a pesar de las protestas porque aún quedaba un poco de refresco en la nevera, la mamá sostuvo con firmeza la negativa a tomarlo, mientras vertía un denso jugo de guayaba que afirmaba era perfecto para la hemogoblina. Joseíto ya tenía una respuesta para Elías, ya sabía por qué los chamos del kiosco azul se ponían flacos, tristes y podían aguantar esos pelos en la cara. Ya sabía por qué eran unos "hemos", y más aún cómo no serlo ellos, ¡se acabó la comedera de guayaba! Le tocaba fregar los platos, para hacerlo bien, arrimaba la silla y quedaba a la altura necesaria para manipular el grifo, la esponja y las dos poncheras. No lo hacía del todo bien, pero a Marta le gustaba que aprendiera algunas cosas desde pequeño. Era incansable Joseíto, desde que lo tenía en el vientre lo presintió. Aquella barriga puyúa, todo el tiempo en movimiento. Las últimas tres semanas tuvo que dormir sentada porque si se acostaba se sentía ahogada. A los tres meses levantó la cabeza y se volteó, su hermana Betzabé no se lo creyó hasta verlo, y le dijo que ese muchacho le iba a dar trabajo. Algunos domingos, se acostaba con él a reposar un rato y ella gozaba escuchando sus historias mientras los ojos se le cerraban con la bulla que su hijo hacía con cualquier narración, siempre exagerada, siempre fantástica. Su hijo no necesitaba videojuegos, los tenía todos en la cabeza, pensaba ella. Ya no podía dilatarlo más. Revisó sus cuadernos, hizo rápido la tarea de lengua, buscó con la ayuda de Paulacé un par de imágenes en gugle y recortándolas como pudo las pegó en el cuaderno de sociales para explicar lo de la Independencia si es que la maestra se lo pedía. Les puso un poquito de color y revisó que los márgenes del día siguiente estuviesen bien marcados. Listo. El cuarto seguía medio desordenado pero él sabía muy bien dónde estaba cada cosa, el problema era cuando a su mamá le daba por meterse ahí y cambiárselo de lugar: zapato 1 debajo de la cama, zapato 2 debajo de la biblioteca, correa encima del libro de matemáticas que a su vez estaba debajo de la cobija, pero como reposaba al lado de la lámpara de la mesa de noche, cuando se arropara en la noche y prendiera la luz, la iba a encontrar en buena posición para lanzarla sobre el resto del uniforme que colgaba de la puerta del closet. Perfecto. Decidió ponerse las cholas porque su mamá ya le había advertido que las próximas medias con las plantillas sucias las iba a tener que usar el resto de la semana. La puerta al lavandero tenía unas rendijas pequeñas abajo, y por eso había que acostarse para ver a través de ellas. Allí estaba. Toda su estructura firme. En algunos lados se le notaban los años, ya no era tan brillante, pero el naranja de su cuerpo era inacabable. Sus dientes perfectos conformando una mordida de acero. Su cuello no admitía errores lo que hacía aún más implacables sus movimientos. No era la primera vez que lo veía pero sí que lo enfrentaría. Joseíto también vio a la víctima de semejante bestia de lavandero, sin posibilidades de defenderse, sin capacidad de decidir nada. Veía su ojito, con una cruz en el medio, señal del dolor que sentía. Veía su pico que aún permanecía completo, menos mal que también era firme. Al tenerlo aprisionado, era la bestia quien decía a dónde podía girar, a qué ritmo, en cuál dirección. Era una bestia extraordinaria, pesada y firme, y sólo los valientes podían cambiar el curso de esas historias. Antonio había llamado a Marta para saber si necesitaba algo. Tras comprar el pan para la cena, recogió los dos sobres que generalmente llegaban con meses de retraso y se subió en el ascensor pensando que, si fuese por el servicio de correo, tendría que pagar el triple de intereses en la tarjeta de crédito. Entró en la casa y casi de inmediato le pidió a su hija que le bajara el volumen al televisor. Paulacé apagó el aparato y dijo "bendición" sin mirarle a la cara, caminando a su cuarto mientras revisaba que el esmalte no hubiese sufrido daños por la manera como lanzó el control remoto contra el mueble. Con la batida de la puerta del cuarto de ella, se abrió la de Joseíto. Corrió con los brazos abiertos y le gritó: - ¡Bendición, papá! - ¡Epa, campeón! ¿Qué hiciste hoy? - ¡Vencí a un dinosaurio para salvar a un pajarito, papi! Al tiempo que Antonio lo subía para darle un beso, Joseíto le mostraba en el celular de su mamá la foto de su hazaña. Lo abrazó más fuerte, se le aguó el guarapo, hacía años que él no se proponía un reto tan importante. Se reenvió la foto, la guardó en un pendrive y la llevó a la máquina de la farmacia grande para imprimirla. La copia que les muestro está en el corcho de su oficina y aún la muestra al que pasa por allí esperando que entiendan la imagen, sino, te la explica él.
Este cuento llega con una semana de retraso, pero seguimos con la misión de escribir con base en las imágenes del otro: la foto es de Jogreg y el texto es mío ;)
La bestia del lavandero
Publicadas por Naky Soto Parra a la/s 10:55 AM Etiquetas: Bestia, Cuento, Lavandero, Niño, Niños, Pájaro, Reto 20 abril 2011
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