La araguata

10 abril 2011



























He sido una araguata. Una prueba fiel a la teoría de Darwin, un eslabón perdido. Por dos razones: severos problemas con la autoridad, y la pasión que me despierta encaramarme en árboles. Como buena mestiza local, debatí mis sabores favoritos, pero entre un polvorosa de pollo y una paella, la vida me la puso difícil -probablemente si mi padre hubiese sido gallego, me adelantaba muchos trámites, por este rechazo innato al repollo y al bacalao en cualquier versión-; pero citaba lo del mestizaje, porque no es igual ascender un tronco con unos pantalones que con un vestido de "panal de abeja", de esos que mi noble abuela Julia Dolores, almidonaba antes de planchar como si en lugar de un parque fuese a visitar una feria de diseño infantil.

Demasiados esfuerzos de psicología moderna para convencerme, sin una correa de por medio, que los riesgos eran al menos dos: indigestión por consumo excesivo de fruta -el menos complejo- y alguna fractura por pérdida de balance en una rama, superior, por supuesto. Ironía: no me gustan los mangos bajitos, demasiado maduros para mi paladar. Conste que ni mi sobrepeso ha contribuido a racionalizar que en temporada, guayabas, mamones y mangos salen mucho más baratos en el camión con voceador que siempre ha existido en cualquier lugar de esta ciudad para perturbarle el sueño dominical a quien más lo necesita: "¡Commmpre señora, aproveeeeche, el kilo de mannngo a 10, a diez, sí, a diez el kilo, baje y lléveselooo!". Encaramarse activa todo: la adrenalina, mi faculto macho alfa doblegado con clases de ballet, mi poderosa memoria olfativa, el paladar proclive al dulce -y a la diábetes si sigo así- y la gloria de cambiar de perspectiva con una estatura que ni Gulliver.

Por eso me casé con quien lo hice. Dudo que alguno de los dos supiera de los avances de Epicuro en la definición de placer, pero la primera vez que le vi a mi lado en una mata de poncigué, y pasamos una hora hablando de cualquier cosa, lo que quería estaba resuelto: un hombre que leyera y escribiera tanto o más que yo, que no hablara de deportes como un zoquete, y cuyo vocabulario excediera al límite que tristemente hemos establecido a fuerza de calificativos que otrora fungían de insultos. Por eso, de hecho, nos casamos bajo una mata de mango.

Esta semana murió inesperadamente un gran amigo, el día que debió celebrar sus 38 años. El mayor eje de su obra poética giró en torno a la muerte: sátiro Dios, preclaro él. Amén de decidir lo que queremos vivir, en este país nuestro debemos mantener el saldo en cero, la juventud faculta nuestra noción de inmortalidad y una vez más me supe vulnerable en una dimensión que no guarda vínculo con la violencia: la congénita. ¿Con qué cuento para vivir? Con el poder generativo de las palabras, un angioma en el cerebro sobre el área de Broca -otra vez Dios y sus ironías-, una familia que me enseñó a creer, y unos amigos regados por el mundo, que me demuestran que el amor en fibra óptica puede ganarle a la distancia, a pesar de esta diáspora no culposa, estimulada por un PopStar empeñado en darle la razón a Hobbes, mientras cita obsesivamente a Marx.

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