Siempre es igual. Te lo dicen desde que naces, te lo repiten cientos de veces, pero también es un deber retar a los mayores, hacerse la loca de vez en cuando, literalmente romper filas, hacer otra cosa. Es un riesgo, y yo admito ser pésima para la soledad. Soy gregaria, me encantan los grupos, la concordia, esa graciosa imagen de ser muchas, incluso la mala educación de hablar varias al mismo tiempo y no decidirme a quién quiero escuchar, de qué quiero saber primero. Son muchas las veces en las que he dejado sola a alguna amiga para escuchar la historia de otra, lo importante es que al andar juntas, no hay ofensas, nadie se siente desplazado, a pesar de estar moviéndonos constantemente.
A mí me gusta el día mucho más que la noche. La noche es para dormir, para hacerlo mientras escucho a los grillos haciendo música. Hay a los que no les gusta, hasta se desesperan, pero a mí me encantan, son como una orquesta que sólo se sabe una canción y por penitencia tiene que tocarla una y otra y otra vez. Yo creo que sí tocan diferente, pero tienes que concentrarte, los grillos se dicen cosas lindas unos a otros, pero hay que saber escucharlos. La noche es para levantar la cabeza y ver el cielo. Estoy convencida que en cada estrella hay seres que hacen exactamente lo mismo con nosotros, que pasan un rato fijando su vista sobre este planeta, admirando su centelleo. Mi mamá dice que la Tierra no brilla, yo creo que ya está tan cansada que es incapaz de apreciar cómo se ven las cayenas blancas a mediodía, o los capachos amarillos, o los papagayos de los niños de la otra calle cuando superan los techos de sus casas y corren hacia abajo, mientras la cola bate sus pedacitos de tela y el bambú se eleva con sus papeles lustrosos, ¿Cómo no van a brillar? Mi mamá si es necia, ¡claro que la Tierra brilla!, pero lo hace a otra hora. Por eso me gusta el día.
Y me gusta el día porque me gustan los colores, me gusta moverme. En el día se come y ahí comienza todo: las ganas, las tareas, el desplazamiento, las rutas, ¿por qué habríamos de hacerlo siempre igual?, ¡es una necedad! Mi mamá asegura que las rutinas son lo único que cuenta, que con ellas no hay errores ni olvidos, que así se aprende a ser responsable, que aprenda de ella. No estoy de acuerdo. Las rutinas son aburridas, hacen todo predecible, cuándo despiertas, cuándo comes, a qué hora sales, a cuál regresas. Y en algún momento te cansas, o te acostumbras tanto pero tanto-tanto, que ya no hay emoción, que todo es memoria, hacer la fila, seguir por ahí, moverte al ritmo de los demás, cargar, llevar, volver, ¡qué fastidio! Todo resumido en obligaciones cumplidas y por cumplir. Guacatela. Me propuse un reto, un proyecto, ¡un desafío! Y por supuesto le pregunté a mi mejor amigo que se llama Gianni, si me acompañaría, y me dijo que no.
Ni Luisa, tampoco Nelson ni Josemir, o Alfredo, ni siquiera Karolina. Naya y Jogreg me regañaron; Elecé ni lo pensó; Amelvi no dijo nada; Lis, Erving y Adrián dijeron que ni locos. Larissa y Miranda son demasiado pequeñas aún, así que ni se los propuse. Zeni también se negó. Nada, me tocaría hacerlo sola. El proyecto era mío solamente, con lo que me gusta andar acompañada, pero todos se pusieron miedosos, dijeron que no. Y yo soy terca. Así que lo hice y me fui.
Estoy de regreso. Estoy cansada, me duele casi todo y tengo unas ganas tremendas de echarle el cuento del día a alguien. Reúno a algunos de mis amigos, noto que me ven con cierto desdén, me recuerdan que son ellos los ápteros y yo no y que por eso guardo privilegios, se marchan torciéndome los ojos y moviendo sus cabezas en señal de negación. Ahora también me duele el corazón, pero decido volver a acostarme al pie de este semeruco, fijando la vista en esas maticas a mi izquierda. Ustedes saben que nosotras no vemos bien, y por eso quise que la foto se pareciera a mi mirada.
Yo quisiera que mis amigos vieran lo que ustedes descubren en la foto, esa luz, esas hojas, el amarillo y el naranja, y el rojo y el marrón, y que sintieran esta brisa cálida, que penetra despacio con la luz sirviendo de túnel; ésa que cuando se acelera desprende las hojas que ya cumplieron su ciclo y aunque juras que van a caer sobre ti, de repente se elevan como papagayos sin cuerda y nunca sabes dónde caerán pero sí te imaginas cuántos subirán sus miradas para disfrutar su mágico tránsito. Me llamo Nakarina y soy una hormiga.
Esta mañana no salí a buscar comida, ni admiré a los soldados que defendían la entrada de nuestra colonia. Hoy me colé entre el gamelote, me tropecé con chinches y mariquitas, conversé con un par de mariposas recién salidas de sus capullos y me echaron todo el cuento de lo fastidioso que puede ser vivir allí, viéndolo todo a través de esa gasa. Un gracioso gusano, verde con lunares marrones me sirvió de transporte por un rato, pero él no podía ir más rápido y sólo tenía este día para conocer más. Le dije donde vivía y me despedí. Aproveché que unos niños intentaban bajar unos mangos halando algunas ramas, y subiendo por todo el cuerpo de uno de ellos llegué hasta la hoja más cercana, ¡qué rico aroma tiene ese árbol! Una tara llamada Alejandra, me bajó de un brinco y fui a parar al centro de gerbera rosada, y menos mal que fue así, me costó mucho superar el susto, y ella era medio sorda porque pasó mucho rato buscándome de salto en salto, y aunque le dije varias veces, ¡aquí!, ¡aquí!, nunca atinó mi estancia.
Me dio hambre, y conseguí abierta una guama, tierna y dulce, me llené bastante rápido, y aunque pensé en llevarme un poco para el resto del día, decidí que mejor esperaba a ver qué más conseguía. Me oculté en un carrizo al ver pasar unos escarabajos, nadie me ha dicho si son buenos o malos, pero son tan grandes que me dio susto. Por fin llegué a la reja blanca. Subí, subí y subí, y tras recorrer la pared, que por cierto no sé porque decoran con botellas partidas, son feas y peligrosas, llegué al techo.
Muchas tejas, rojas y calientes, alineadas con rendijas en las que no imaginan cuántas cosas descubrí, ¡las tejas son los estantes de una quincalla para seres pequeños como yo!, hojas de lo que quieran, caparazones de otros insectos que ya se fueron al cielo, colillas, piezas de algunos juguetes, chapas, ¡lo que quieran! Me acomodé entre la línea más tibia y esperé la hora. Salieron a llamarse unos a otros, con sus ropas limpias, y sus instrumentos en la mano. Mi lugar era perfecto porque desde ahí lo vería todo, lo sentiría todo. Marcharon hacia el fondo de la calle, subiendo mientras se empujaban, qué risa, ellos no saben hacer filas simétricas.
Cuando estuvieron listos corrieron elevando sus creaciones, y al verlos mi emoción se multiplicó, y supe que toda mi travesía no podría tener un mejor final que ese. Bajé lo más rápido que pude, busque el borde más cercano al próximo que venía, y me lancé. Así descubrí mis alas, y descubrí también que volar es maravilloso, más aún entre papeles de colores. Volé, no por mí, si no en un papagayo. Resistí todas las velocidades que el viento y el pulso del pequeño que manejaba mi nave quiso experimentar. Me agarré con todas mis patas, creí que perdería mis antenas, pero no fue así, volé mucho y respiré como nunca lo habría imaginado.
En sus carreras llegaron hasta mi calle, la calle de mi colonia, la del semeruco. Bajaron poco a poco, intentando no enredarse, jurándose unos a otros que el suyo había llegado más lejos, más alto, con más pabilo suelto. Yo hubiese sido la mejor juez, pero qué va, pasé mucho tiempo con mis ojos cerrados, sintiendo, sólo sintiendo el vértigo, los vahídos, la alegría, sintiéndolo todo. Cuando mi capitán terminó de bajarnos, volví a impulsarme con mis alas, discreta, plena, total.
Por eso sigo aquí, por eso les obsequio la foto. Cuando puedan, regálense un papagayo, salgan a volarlo, corran, griten, súbanlo, bájenlo, muévanlo, vibren, suden, rían. Entonces serán ustedes las hojas, los magos, serán niños y hormigas. Brillarán.
La libertad no es más que la oportunidad de ser mejor.
Albert Camus
¡Ahora vete a gozar un puyero con el cuento que @Jogreg escribió con la foto que yo le envié, se llama "La llegada"! ¡Dale pues! :)
También puedes leer los dos primeros que creamos:
La playa: Texto de @Jogreg con mi foto.
La ignominia: Foto de @Jogreg y mi cuento.





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