...Y Ayacucho su lauro inmortal

13 febrero 2009


José Gregorio es el sexto de ocho hermanos. Tiene 46 años, una ex mujer, una mujer y una novia. Dos muchachos con la primera –de los que ya enterró uno-, dos más con la segunda y uno en camino con la tercera. Admite no ser el mismo, estar cansado de tanto cansancio, y admite igual la imprudencia de haberse “acostado con una carajita que me pidió siempre que no usara el condón porque le dolía mucho”.

Trabajó en Corimón muchos años como mensajero, y tiene buenos recuerdos de las fiestas de navidad, de la cesta llena de botellas, pasitas y aceitunas, y por supuesto del cheque más gordo del año. Salió por la crisis económica y desde entonces es un free lance con moto propia: un “tolque” que sólo lo ha dejado mal tres veces, y todas han ocurrido en plena autopista, cerca de su casa por La Urbina.

Su familia vive en Caripito, y la de su mujer -la primera, porque a la segunda no le conoce más que una hermana- en Yaguaraparo, por lo que las vacaciones siempre le pican en la piel, en esa combinación infalible de zancudos, sol y calor. Su primer hijo murió en un problema de bandas hace ya seis años, y no lo olvida, declarando que si el que está en camino le sale varón lo llamará igual: Antonio José, como el Mariscal de Ayacucho.

José Gregorio recuerda que esa era su materia favorita en la escuela. Le entusiasmaba oír historias de la historia, y él cree que a su maestra Gisela –fue la misma durante dos años seguidos- también le emocionaba más esa cátedra que las otras de números o letras repetidas. Por eso le gustó Chávez. Para él, nadie ha hablado tanto de la historia de Venezuela como este presidente, y sólo por eso, comenzó a jorungar los libros de sus hijos más pequeños para refrescar algo de lo aprendió tanto tiempo atrás.

José Gregorio se anotó en un Círculo Bolivariano, y conoció de cerca a un coordinador nacional de nombre Ulises, pero duró muy poco en el cargo, y entonces el “contacto” no le sirvió de mucho. Está convencido que cuando Amelia –la segunda esposa- se entere del embarazo de la muchacha, lo va a matar, y por eso está vuelto loco, haciendo más carreras que nunca porque “nada más contenta a esa mujer que tener real y secarse el pelo”. Yo me río y él me ve las canas, me ve los pelos sueltos y se ríe también.

Ni Zaira, ni José Miguel, ni Yelitza conocen otro presidente que no sea Chávez. Y el que viene en camino ¡menos! Tres hijos y un presidente. Tres mujeres y un solo presidente.

Ya no se siente tan valiente como hace años, pero es que: tampoco en aquellos días había tantas motos, ni tanto malandro suelto haciendo dizque de taxista de dos ruedas. No señor, en Corimon todos teníamos que andar bien vestidos, con un maletín en buen estado y con casco, porque si no ¡ni te dejaban entrar! Ahora es diferente. Se le paran los pelos de pensar que a Zaira cualquier malandro le monte una barriga; pero ¿con qué cara le va a decir algo? Zaira le parece bonita e inteligente, está estudiando en la Simón Rodríguez y trabaja en el Provincial. Y aunque a Amelia no le gustaba eso de estar mezclando las crías de una y otra, terminó accediendo a las reuniones con todos los hijos cuando supo que Zuleima –la primera mujer- se consiguió otro marido. Por eso sus hijos han crecido juntos, y lloraron igual la muerte de Antonio José.

Votará no. No entiende nada de que si es inconstitucional, que si el 2 de diciembre fue la misma vaina o que si todo aquí se decide por voto y no por más nada. Simplemente ya no quiere al presidente. Ya no más. Se separó de Zuleima por desamor y no tardó mucho en conseguir a Amelia que le calentó el guarapo y el cuerpo, devolviéndole un hogar y la ropa planchada que tanto le costaba a él mismo proveerse. Eso es, no lo quiere más tiempo del que ya se ganó.

Dice haberle dado sus votos en diez elecciones seguidas y que no siente –y al decirlo se lleva la mano al pecho- que la cosa haya cambiado. Su barrio sigue teniendo graves problemas con el agua y ese ritual eterno de la quema de basura donde se le ocurre al que la produce y entonces el olor se queda pegado a paredes, calles, escaleras y niños. La cédula que carga le parece de mentira, como las veces que oye al presidente hablar de amor:

Ese hombre no quiere a nadie más que a sí mismo; dice mientras se rasca la oreja volteando toda la cara, justo cuando detrás de mí pasa un grupo de usuarias de gimnasio -debidamente exhibidos sus vientres y pechos exactos-. El que quiere no se mete en tanto peo ¿o sí? Bueno, menos yo, que tengo a la carajita pendiente de qué vamos a hacer con la barriga, y que si va a vivir conmigo o qué.

Trato de zanjar el tema de su nuevo embarazo evaluando las mejores opciones que tiene. Él no queda muy convencido, pero comprende que es mejor que Amelia se lo escuche a él y no a otro u otra. El peor escenario: que Amelia lo bote, porque está seguro que esa carajita –la embarazada- es tan joven y linda, que seguro consigue marido rápido, recién parida pues.

Me repite que no, que votará no, pero que va a ir a votar. Tenía ya dos elecciones sin ir, pero esta vez si irá. Le da miedo que el tipo gane. Que vuelva con más poder a quitarle lo que tiene, que le quite sus hijos o la casa o el celular que lo ayuda tanto con el trabajo. Me pregunta mi opinión y le hago saber que coincidimos en el voto pero no en las razones, pero que ya voy tarde al estudio de grabación y me toca subir tres pisos por las escaleras. Me pregunta si lo quiero como chofer particular, que me hará un descuento mensual por las veces que me lleve. Le respondo muerta de risa que otro día hablamos eso, que primero le toca arreglar el lío de sus amores, y amarrándose mejor el casco me suelta esto:

Eso sí que lo tengo claro. Yo amo a Amelia, jamás volvería con Zuleima y fui un bruto con la muchachita, pero todos cometemos errores y lo hacemos mal a veces. Por eso es que hay que cambiar a los que gobiernan; mira, esa pendejada de “premiar” los buenos gobiernos es una rolo de mentira: aquí nadie lo hace tan bien como para merecer ese premio, ni Bolívar, ni el Mariscal de Ayacucho, mucho menos Chávez.

3 comentarios:

Capochoblog dijo...

Me encanta cuando escribes así, es como si te hubiese visto sentada en una escalera escuchándole el cuento al motorizado.

Hay tanta gente como él y por él, que por ellos es que vale la pena que el país cambie, pero de verdad.

Besos.

Câline dijo...

Se lo leí al F. y lo volví a leer. Mañana acompañaremos las votaciones y ojalá que gane el NO, Venezuela ya no se merece ese yugo de mediocridad.
Un abrazo.

Gerardo dijo...

Tenia tiempo queriendo leerte, y hoy me actualice con todos tus escritos recientes. Este debe ser uno de tus mejores relatos con politica sencilla. Eres impresionante, no dejo de pensar por que tu no tienes una columna en prensa.