
El país retumbó y yo era una adolescente. Estábamos en la clase más desagradable de todo el bachillerato: un imbécil de apellido Milano que tenía de docente lo mismo que yo de yugoslava, hacía las veces de explicar física, pero su voz atorrante distraía en mí cualquier capacidad de atención. La hermana Julia entró sin tocar la puerta y nos pidió severamente que recogiéramos todas nuestras cosas, luego habló al oído con el mentecato. Un barullo multiplicado rondaba la estructura del colegio, cosa francamente inusual en horas regulares de clases. La hermana se colocó en el centro del pizarrón y dijo que algo muy grave estaba ocurriendo afuera, que era imperioso organizar nuestra salida inmediata y organizada, por lo que, fue separándonos dentro del salón por zona de residencia.
Yo miré con la certeza de que sólo una de mis compañeras vivía en mi urbanización, pero no compartíamos salón, ni la había visto ese día. Salimos en el orden dispuesto, con más preguntas que datos. Nadie acertó sus especulaciones, ninguna se acercaba ni un poco a lo que estaba sucediendo. Mientras en el colegio se quedaban estructurando el orden de los transportes, recibiendo llamadas de padres y madres, controlando a las más pequeñas para quienes cualquier ida al patio era exactamente un recreo y nada más que un recreo, nosotras emprendimos el regreso a casa, y a diferencia del grupo más numeroso que utilizaría la avenida Rómulo Gallegos para hacerlo, bajamos a la Francisco de Miranda, para recibir el primer impacto visual: dos camiones de Pepsi Cola, volcados a la altura de una sede bancaria, habían bañado con más vidrios que líquido, ambos tramos de la avenida, así que entre las aceras con un volumen regular de gente, fuimos armando nuestras columnas para mantenernos juntas, conversando y meditando sobre lo que podría estar pasando. Despedimos a la tajada que bajaría a La Carlota y seguimos rumbo al este.
Siempre me ha tranquilizado saber donde vivo, principalmente porque Palo Verde está más allá de Petare, uno de los principales focos de rutas urbanas de Caracas, allí convergen más de cien líneas de autobuses a lo largo del día y la noche, una enorme ventaja desde cualquier perspectiva. Nuestra merma más importante ocurrió en Los Ruices, pues era la siguiente zona geográfica para ser beneficiaria del colegio. Nos quedamos tres que iban a La California, dos a El Llanito-, una a Buena Vista y yo allá, donde Jesucristo dejó la chola.
Cruzar el provisional –ya tiene 30 años- elevado de Palo Verde, aún con lo temprano era poco menos que imposible. Muchos negocios en la redoma de Petare cerraban y abrían sus santamarías en una especie de arritmia colectiva, pues más peso tenían los rumores que aquello que efectivamente estaba ocurriendo entre ellos. Un barullo mayor se propagaba por los cerros a mi tránsito, cornetas de autobuses y carros, gente más acelerada, gente arrecha, gritos, insultos, rabia, mucha rabia en la vibra. Unos estudiantes como yo echaban broma en la otra acera, a la altura del mítico bar Anacoco, me aullaron algo que no llegué a oír, o quizás sí pero ya no lo recuerdo. Le pregunté a un señor de la cauchera 24 horas qué estaba pasando, y luego de revisarme de abajo a arriba me dijo muy serio que siguiera pa’ mi casa porque todavía me faltaba alguito. Me paré en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, y otra vez vi rostros alterados, hasta los consecuentes catequistas de siempre, recomendaban con firmeza que subiéramos a nuestros hogares porque la cosa estaba color de hormiga.
Terminé la empinada subida hacia el edificio con señoras comprando cosas y un tráfico espantoso en la avenida central. Llegué a casa y mi hermana tenía encendidos –como buena estudiante de periodismo- tres televisores y dos radios, combinando noticias con nuestro sempiterno teléfono gris de Cantv, sin candado entre los aros de los primeros números pues la adolescencia estaba superada por los dos hijos mayores, y yo no era muy dada al servicio telefónico, total, mi mejor amiga vivía apenas tres edificios más abajo. Naya que veía un reportaje y yo escuchaba otro: Guarenas como primer foco de protesta, luego Catia, luego El Valle y Coche, después Antímano, el 23 de enero, gente en las calles, gente protestando contra el paquete de Pérez. En algún momento dijeron Petare. Y así, delante de nosotras comenzó el grito de saqueo, en la urbanización que estelarizó la frase del Musiú Lacavalerie: ¡Vengan pa’ que lo vean!
Mi ciudad se encendió. Si te asomabas al pasillo de los ascensores podías ver la movilización en José Félix Rivas, si lo hacías al balcón verías la agresión injustificable que vecinos de tantos años acometían contra sus comerciantes. La tienda de licores, la papelería de la esquina, la panadería, todo, cualquier cosa, en un júbilo repugnante, incontrolable, generalizado. En algún momento las despensas se acabaron, no había más que asaltar. Y no mucho tiempo después llegaría la Guardia Nacional, desplegando hombres a lo largo de la avenida principal, una arteria que serviría de zanja y trinchera, pues entre los claros de los edificios se veía al cerro con precisión sin viceversa posible. Las azoteas también servían, todo contribuyó a la acción del Estado.
A misa pudimos ir días después. El recorrido hacia Las Vegas era desolador. Ver los agujeros que las balas habían hecho en las paredes de los edificios servía para recordar vehementemente las detonaciones que les dieron origen, los gritos de noche en los barrios vecinos, la angustia de mis padres por hacernos dormir en la sala, con más de una pared de por medio con respecto a la calle; la previsión de mamá por distribuir la comida con prudencia, la televisión encendida casi todo el día, las llamadas de familiares, de amigos; los militares dando versiones que Matías Camuñas, nuestro párroco, desmentiría en sus homilías con toda la cólera que semejantes crímenes despertaban en un hombre tan del pueblo como de Dios.
El país retumbó y aún hoy no hay cifras del total de muertes que se produjeron en esos días, muchas versiones, más dilaciones en los procesos. Se violaron derechos humanos y se acabaron las posibilidades de trabajo de varios comerciantes que por mi urbanización no pudieron levantar de nuevo su capital para trabajar. La pobreza dejó de ser un pasaporte directo al cielo para convertirse en eje de las reflexiones de mucha gente que entendió la urgencia de resolver semejantes condiciones de vida, en un país con los recursos de Venezuela. No habrá indemnización que pague el dolor de los desaparecidos y muertos, pero aún hoy, no hay un Estado que dicte sentencia. Mi ciudad se enciende todos los días, en la violencia como hábito, en el irrespeto como fórmula, en la muerte como dictamen. Las cosas siguen color de hormiga.
27 de febrero
Publicado por Naky Soto Parra en 3:12 PM Etiquetas: "27 de febrero", 27F, Caracazo, Sacudón, Violencia 26 febrero 2009
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4 comentarios:
Para esas fechas yo estaba lejos de la capital, aunque en el país. En el interior el 27-F no tuvo ni de lejos el mismo impacto que en Caracas, apenas algún supermercado saqueado o algo así. No tuvo la carga de violencia tan fuerte que tuvo aquí.
Por supuesto que nos enteramos de la situación, por los noticieros.
Cuando de verdad tuve conciencia de la magnitud del asunto fue una noche, en el Cementerio General del Sur, sector La Peste. Fuimos justamente con el Padre Matías, a dos años y medio del caracazo, más o menos; en esa época se hizo común que algunos grupos pasaran la noche allá para evitar que la PM llegara a alterar evidencias.
Es un recuerdo triste por las historias, por las huellas de brutalidad policiaca y militar. Da mucha rabia e impotencia ser testigo incluso indirecto de cómo fueron las cosas en esos días.
Saludos.
Recuerdo el miedo de esos días, recuerdo los gritos de los vecinos, siempre tan correctos y respetuosos, en una desesperación por salir a robar a los comerciantes.
Recuerdo que mi mamá estaba de viaje y mi papá me mandaba a leer en mi cuarto, para que no viera la batalla que mostraba la televisión.
Recuerdo que esos días fueron los días de sándwich con cocacola y torta que quedó del cumpleaños de mi hermano el 26.
Recuerdo que mi papá decía que era muy triste ver que la gente creía que robando a otras personas un televisor y una lavadora nueva resolverían para siempre sus problemas.
Te lo digo en maracucho: Q-u-e M-o-l-l-e-j-a de talento para escribir!!! Y tu lengua no se queda atrás!!! Llegué aquí desde el blog de Jacquie y desde ya te voy a poner entre los integrantes de mi blogroll.
Fue tanto lo que me gustó lo que escribías y cómo lo escribías que te busqué por google y encontré un video de una participación tuya en tertulias de diversidad sexual... Que buena de nuevo!!!
El mundo se hace cuadrito al recordar todo aquello.
Allí perdimos la inocencia…, pero no nos dimos cuenta. Éramos tan arrogantes como para aceptar que ya la vida no era la misma.
Esa tarde acompañamos a “La araña portuguesa” presentar un examen en la Torre Lara, en La Castellana, luego fuimos a comer una ensalada César, de allí a Plaza Venezuela –a pie- para terminar en La Católica vía metro.
En La Católica nos enteramos de todo y de nada, aún tengo vivo el color plomo de aquella tarde y la cara de Lola -una madrileña más pálida que de costumbre con sus ojos como platos- relatando su odisea en la autopista rumbo a clases.
Yo vivía en “El Paraíso” -ja, ja, ja-, a tiro de piedra del Pedagógico, de la Cota 905, del destacamento N° 5 de la Guardia Nacional. Mi amada Emperatriz China vivía en Montalbán y La Vega de frente. Esa noche, ella, por primera vez y última en su vida, durmió con un arma bajo su almohada. Don Alejandro -su particular cancerbero en aquella residencia de cuento- se la dio con la militar orden de cuidar su vida.
Aun recuerdo su cara de indignación al contármelo y su promesa de jamás besar una bota militar.
Estrenamos toque de queda y la telenovela Estefanía se hizo realidad. El país ya no era el mismo y no nos dimos cuenta.
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