Si sigo esperando sentirme mejor, no vuelvo a escribir quién sabe hasta cuando. ¡Qué va! A mi la estancia me sigue pegando como Mike Tyson, y los generosos regalos que vienen del Midwest -la brisa y la lluvia frías- ni les cuento. Anoche de hecho iba en busca de algo para cenar y no me di cuenta de lo mucho que se había congelado el suelo, ¡me di la caída de mi vida!, tanto que gané mucha altura en el desplazamiento y todo pero absolutamente todo mi cuerpo fue a parar al piso sin remedio. Me pegué en todo lo que puedes pegarte cayendo de espaldas: tobillos, piernas (que se enhielaron), fundillo, coxis, hombros y cabeza, sobre todo la cabeza.
Me sentí ligeramente mareada y tuve que seguir deslizándome -menos mal que todos aprendemos a gatear de pequeños- sobre hielo para recuperar el celular, el Ipod, la llave de mi apartamento y hasta el dinero que llevaba encima para la compra. El resto del trayecto lo viví como en una película de Alfred Hichtcock, ya saben, mirando al suelo con fijación, intentando hallar pasamanos de los cuales valerme, en fin, con mucho miedo de que la escena se repitiese. Terminando la acera una amable señora me preguntó si estaba bien, se había regresado de su trayecto de trote -¡la gente trota aún con este clima!- cuando vio lo que me ocurrió. Tan bonita ella, pero el mal ya estaba hecho.
Fue la situación justa para llamar a un pariente o a un amigo, pero no había nadie ¡jajajaja! Se me quitó hasta el hambre y regresé lentamente, con un café entre las manos. En mi habitación revisé que efectivamente recordaba mi nombre, donde estaba, cuántas extremidades debía tener -y en qué sitio-, pero el dolor de la espalda todavía me acompaña como recuerdo.
Y claro, en la maleta que haces para un mes, la misma que no debe sobrepasar los 20 kilos de peso, no traje ningún calzado específicamente de invierno, así que averiguaré qué carrizo usa la gente acá para no ir llenando la parrilla de los programas de "cámara escondida", y caminar decentemente por la calle a pesar del hielo. Cualquier sugerencia, juro que será bien recibida.
Pero hablaba de lo mucho que me ha pegado la estancia, hace unas noches les escribí a mis amigos en un amague desesperado por recibir letras que mantengan mis pecas donde van a pesar del frío que insiste en congelármelas. Se me sale el caribe, el sur, y entonces anhelo como loca un abrazo que humanice mi estancia y haga menos sola mi soledad.
Washington es grandilocuente. Es hermosa, estratégicamente bien distribuida, con arquitecturas dignas de fotos mejor realizadas que las mías -¡jejeje!-, en fin, es una rolitranco de ciudad. Y de ella, Georgetown que es donde me ha tocado pasar la mayor parte del tiempo es un pedacito precioso, un conjunto de esos que no puedes separar porque de verdad aquí la suma de las partes es lo que hace del resultado algo memorable.
Llegué en el marco de un seudo divorcio organizacional, que comienza a reestructurarse, como no creo en granitos de arena ni sirvo para andar de brazos cruzados, he intervenido en lo que mis posibilidades me permiten, y parece que afortunadamente las aguas vuelven a sus cauces. El abandono al blog ha sido involuntario, les doy mi palabra, pero entre la última semana en Caracas cerrando un programa de formación, el tema de la visa y todos los detalles que tienes que cuidar antes de salir de viaje; y luego llegar, conocer, lograr aclimatarte, la inspiración se había escondido –supongo que también es por falta de calor natural-.
He caminado mucho, pero me falta más, por ejemplo, el complejo del Smithsonian es para pasarse días escudriñando entre tantos y tan bellos museos. Pero son varias las cosas que me sorprenden -por qué no decirlo- peyorativamente. Por ejemplo, la dependencia tecnológica es extrema, tal que, si usted va por la calle sin un Ipod o un celular pegadito a su oreja, vaya a ver cómo resuelve porque casi todo el que se mueve a tu alrededor sí lo tiene. El desamparo de la otredad, porque las probabilidades de que alguien te dedique una mirada, se mueven en una banda de bajas a nulas, y entonces tú ahí, como pajarito en grama, esperando conmover a alguno que te posibilite algún tipo de comunicación, tan siquiera gestual. Mención especial a los otros “latinos” que regularmente encontrarás en empleos de servicio, y que ante un saludo cordial te miran como a alguien egresado de un sanatorio, aunque luego te lo devuelvan con la providencial pregunta: ¿y usted de dónde es? Y a la respuesta de venezolana ¿qué sigue? Ajá, eso mismo, el nombre del mesmo.
¡Qué cosas! Se puede ser educado pero no amable. Se puede ser correcto y efectiva y simultáneamente ser la negación de alguien amigable. Y mis pecas y yo aquí, sosteniéndonos a fuerza de Skype, Gtalk y alguna que otra llamada telefónica porque regularmente son costosas. Es igual una hermosa oportunidad de autoconocimiento, y me estoy resultando una tipa divertida ¡jajaja! No, hablando en serio, nada como la soledad para resignificar los afectos, su importancia, su alcance, su valor. Y nada como la distancia para poner en perspectiva lo bueno y lo malo de la tierra que amamos. Pero una vez más, que es amada porque la patria no se arma con abstracciones, necesita de otros, de esos otros que la viven contigo, que le dotan de significado a lo que haces. Luego, es tan sabroso reconfirmar mi compromiso con lo que hago, mi respeto y admiración por quienes constituyen mi equipo de trabajo, nuestra misión y el montón de cosas que nos quedan por hacer.
Además del calzado me tengo reproches severos por no haber metido un paquete de café en la maleta, si seré bolsa, ya había probado el de aquí y estaba consciente de lo requetemalo que es, pero bueno, olvidos son olvidos. Pero la memoria es poder, la mía está rellena de lo que quiero ser y hacer, seguiré saludando y sonriendo; seguiré contribuyendo porque para eso soy buena y prometo firmemente mejorar –al tiempo que aumento- la calidad de mis imágenes sobre esta experiencia ¿vale?
¿Qué es lo que hace la gente para que le escriban sopotocientos comentarios que le hagan sentir acompañada? ¡Jajajaja! ¡Salud buena gente!