- ¡Ya voooooy! ¡conchale!
- ¡Por última vez! ¡vente Ana!
- ¡Está bien!, ¡ahí voy mamá!
- Ana Julia, si no vienes ya mismo, ni te molestes en bajar en el resto del día.
La voz de mi mamá es tan diferente cuando me quiere que cuando me regaña. La única forma de escuchar mis dos nombres en su boca es porque va a regañarme, de resto soy Ana, sólo Ana. Soy la mayor de tres hermanas, mi Tío Vicente (el hermano mayor de mi mamá) siempre dice “¡puro artículo para caballeros, mi estimado!”, esto lo dice abrazando a mi papá, y a éste se le ponen las orejas rojas (señal de enojo máximo, que yo también heredé, por cierto) porque las niñas, como suele decirnos, somos mucho más que “eso”. Nunca rellena ese mucho más (ni el eso tampoco), pero lo dice tan serio que yo le creo. Por eso siempre le tuerzo los ojos a las vitrinas que dicen artículos para caballeros, porque “eso” es lo que yo no soy. ¿Qué soy? Ah, sí, decía que soy la mayor de tres hermanas, mi nombre es Ana Julia, tengo 12 años, me sigue María Cecilia con 8 y de última está la enana, Isabella, con 3 añitos.
Todos dicen que me parezco mucho a mi papá y que mis hermanas se parecen a mi mamá, yo creo que tienen razón. Como soy la mayor me tocó compartir todo con Macé desde chiquita, pero en secreto la acostumbré a que la que mandaba era yo, sin discusión. Yo estaba en primer grado cuando nos mudamos a la casa, dejamos el apartamento y nos fuimos a una casa, ¡una casa de dos pisos!, ¡con un cuarto para mí!, ¡para mi sola! Le pedí a papá que colocara la cama justo entre la pared y la ventana, de modo que cuando fuese a dormir, ella quedara detrás de mi, a mano derecha, para asomarme si no tenía sueño, para ver cómo cambiaba la Luna, para saber cuándo era de día, y ver a la gente caminar por las calles (desde esta ventana se ven cómodamente 6 calles en total). Él me sugirió que también la usara para leer con luz de día, que no hay otra mejor para iluminar las ideas, que yo tenía el compromiso de aprender mucho para enseñar a mi hermanita (en ese entonces sólo existía Macé). Pero bueno, justo a un mes de cumplir nueve años, nació Isabella, y tuvimos que reordenar todo el cuarto para que Macé se viniera a dormir conmigo y así la bebé podría tener una habitación para ella solita.
Al principio me enfurruñé, me dio tanta rabia perder mi cuarto, pero cuando fuimos a la clínica a verla, tan sólo asomarme y que mi mamá con la ayuda de la Tía Elena la pusiera en mis brazos, la amé, hasta unas lágrimas de alegría me rodaron por la cara y juro que no podía controlarlas, y juro que ella me sonrió y entonces es como si hubiese nacido de verdad una hermanita para mi.
Lo único que no compartí con Macé fue mi ventana, ¡eso nunca! Mi ventana es bella como Isa. Tiene vidrios y láminas de madera, que puedo abrir y cerrar para que entre la luz o se quede afuera. Es muy gracioso, oigo siempre cómo los demás se quejan de la luz o de la brisa, o la lluvia. A mi ninguna de las tres me resulta impertinente, ellas son unas visitantes maravillosas, y siempre respetan las reglas que les impongas con tu ventana. Si está abierta entrarán, sino, se quedarán afuera jugando con otras u otros.
Mi ventana tiene un marco enorme de madera y en la parte de abajo (esto es un secreto entre mi papá y yo) tiene un baúl escondido. Nadie en el mundo sabe que está ahí; pero cuando le herede el cuarto a Isa se lo voy a decir, porque cuando ella cumplió dos años, volvimos a reordenarlo todo, y Macé volvió a aquel cuarto y yo volví a estar a solas con mi ventana y mis libros, con la lluvia y la luz, con la brisa y las mariposas que de vez en cuando entran y tengo que cazarlas porque a Isa le dan pánico.
Mamá odia que yo cierre la puerta con pestillo, pero sólo lo hago cuando saco o meto cosas a mi baúl escondido. Me gusta sacarlas, correr a abrir la puerta y sentarme en el alfeizar a leer, “con la nariz viendo a la biblioteca mi Julieta” (dice papá) porque así la luz entra por mi izquierda. A veces le hago caso, pero otras no, porque Joaquín, mi amigo de las clases de pintura, vive justamente en la calle 7, la que está con vista a la izquierda y no puedo saber cuando va a salir a montar bicicleta sino veo los movimientos del patio de su casa. A veces paseamos juntos hasta la calle16 y nos devolvemos.
Una vez Macé me vio despidiéndome de Joaquín y le dijo a mi mamá que yo tenía novio, que era el hijo del señor del carro azul, y mi mamá se limitó a decir: “¡Ay hija!, ¿tú sabes cuántos carros azules hay en esta urbanización? Deja de inventar tonterías y respeta a tu hermana mayor”. Ese día le preguntaba a Dios o quién sea que viva allá arriba entre las nubes, por qué había metido a Macé en esta familia, por qué si Isa y yo éramos tan felices. Lo escribí en este mismo cuaderno, o en el otro que guardo por ahí, ya no sé. Ya va, mi mamá vuelve a decir:¡Vente Ana! Y Macé lo repite como un loro. Ya le voy a responder.
Me da risa, porque lo dicen tantas veces que Isa nos confunde, es decir, para ella yo me llamo Ventana y cuando escucha la palabra me señala a mi y todo el mundo la corrige y le dice que no, que yo soy Ana y que la ventana es lo que está en la pared. Ella es terca como yo, cuando eso ocurre ella va hasta donde yo esté, me abraza y dice bajito: “Tú, ventana”.
Es increíble cómo funciona la memoria. Estamos regresando y apenas crucé la puerta de la casa subí directo hasta este cuarto, me acerqué a la ventana, retiré cuanto reposaba en el banco y saqué lo que aún quedaba en mi antiguo baúl secreto. Llevo más de dos horas leyendo aquí, estas notas de mi infancia, sobre las tres, cuando fuimos tres. Debe ser que necesito expiar mis culpas, debe ser que me aterroriza no hallar nunca un por qué, debe ser que la extraño, que el amor cambia y nos hizo tan íntimas y que no me explico por qué pasan estas cosas, cómo es que a una mujer con escasos 30 años le sobreviene un infarto y ya no vuelve a abrir los ojos, y la vida se nos opaca a todos, llueve adentro, en el pecho, en el vientre, se oscurece todo, se acaba la brisa y ya nada es igual. María Cecilia murió ayer, y luego del entierro nos vinimos con toda la familia a la casa de mamá. Isabella consuela a nuestra sobrina mayor, y la más pequeña, Juliana como la bautizó, entra al cuarto, me mira, abre los brazos sonriente y con su dedito índice extendido dice: “¡Tía, ven-ta-na!”