Carta abierta

19 diciembre 2007

Y sí, resulta que Blogger se puso necio con el tema de las plantillas, me desconectó –junto a un montón de gente más- arrojando un error con nombre de personaje de la Guerra de las Galaxias, y me despedí de mis lunares verdes para entrarle a estas rayitas con gradaciones de colores cálidos. Perdí todos mis periquitos, salvo el blogroll; pero debe ser que la coincidencia con mi primera centena de cuentos la que me obligó al cambio;)


Elecé es el diseñador oficial, con su magistral paciencia, con su motivación al logro y su particular criterio para temas que, si me los dejan a mí, terminaré resolviendo por ensayo y error, dejando un montón de grafías mal puestas. Por eso es que el amor todo lo puede. Abro entonces el paso a esta carta abierta.

Querido Niño Jesús:

Estoy narrándome el año, con el susto de días pasados, con el lejano dolorcito de espalda y los ejercicios que aprendí a hacer para evitarlo, y el orzuelo que me hará pariente de Cuasimodo en la foto del pasaporte –esto también tiene su ventaja: cuando me vean en persona me notarán más buena moza que en la foto ¡jejeje!-, y una gripecita por allá y algún dolor de cabeza que nunca falta. Con todo eso ¿cómo no agradecer la vida? ¡Cómo no celebrar la salud y desearla por doquier!


Estoy relatándome entre cuentos y frases, entre títulos y tecleos que me han permitido entrar en contacto con buenas gentes, con mis amados sospechosos habituales, y entonces sonrío porque aún no siendo tantas las historias publicadas este año, las he disfrutado muchísimo y me sirven de baluartes para las que vendrán, nuevos taxistas, heladeros, desconocidos, otras conversaciones de Metro, mejores experiencias de aquellas y aquellos que me hacen pensar ¿cómo digo lo que pasó con…? ¡El corto de Otto inspirado en uno de mis cuentos! ¡Mi super curso de literatura que aún no concluye y que muy probablemente traiga un regalote para el año nuevo! ¡Tanto por decir! ¡Tanto!


Estoy sonriendo porque Pacheco vino con todo y este clima loco nos obliga a andar con paraguas, abrigos y casi con un traje de baño debajo de la ropa para cuando el sol se pone intenso, porque así es el trópico y es de los rasgos más adorables de esta ciudad en la que hago vida.


Estoy reconfortada porque no importa cuántos afiches de “por ahora” -con el RIF del Minci- cubran las vallas de la ciudad, lee bien: no hay sugestión que supere el crédito de una sociedad que coincidió en la defensa de sus libertades. Y es que la libertad y la democracia son de esos regalos innegociables, tesoros por los que vale la pena trabajar a diario, y eso es lo que hago y entonces sé que tengo ¡mucho trabajo por delante!


Estoy agradeciendo todos los aprendizajes, las conchas de mango, las rabietas, los trancazos que nunca faltan, las despedidas que no han sido sencillas; pero ya ves, al poeta le asiste la razón, y la patria crece, se expande, y nuestros amigos nos hacen saber que están bien, que seguirán mejor, que nos esperan y nosotros sacamos cuentas pensando cuánto costará visitarles alguna vez.


Estoy forrando los regalos que entregaré en tu nombre, viendo como los míos hacen lo propio y es tan divertido conservar la magia del secreto hasta que tú nazcas un año más, y yo haga el esfuerzo de zarandear las cajas a ver si adivino que hay en una y otra, porque aún mi familia se empeña en guardar las tarjetitas de identificación hasta una hora antes de tu advenimiento.


Estoy contando los días para irme a Cumaná, y abrazarme durísimo con mis sobrinos cada vez más grandes, con mis hermanas hermosas, con mis tíos y ese sol y ese mar que tienen la propiedad de equilibrarme el alma y hacerme feliz. Más feliz. Estoy dándole las gracias a todos los que con palabras y silencios, con gestos, con imágenes, cercanos o distantes, altos, bajos, flacos, gordos, mestizos, propios y ajenos, a todas y todos que con su sola presencia contribuyen a mi crecimiento, estabilidad y nuevamente, a mi felicidad.


Estoy en resumen diciéndote y diciéndoles a quienes leen –porque la carta la estoy haciendo pública- que tengo muchos más agradecimientos que peticiones, que tengo ganas de ver llegar un año nuevo para seguir trabajando y aprendiendo, para seguir amando lo que hago y a aquellos con quienes lo hago, para seguir vale, para seguir.


¡Que la felicidad se nos haga evidente!

Te abrazo con el corazón,

Naky :)

¡Vente Ana!

12 diciembre 2007

- ¡Ya voooooy! ¡conchale!
- ¡Por última vez! ¡vente Ana!
- ¡Está bien!, ¡ahí voy mamá!
- Ana Julia, si no vienes ya mismo, ni te molestes en bajar en el resto del día.

La voz de mi mamá es tan diferente cuando me quiere que cuando me regaña. La única forma de escuchar mis dos nombres en su boca es porque va a regañarme, de resto soy Ana, sólo Ana. Soy la mayor de tres hermanas, mi Tío Vicente (el hermano mayor de mi mamá) siempre dice “¡puro artículo para caballeros, mi estimado!”, esto lo dice abrazando a mi papá, y a éste se le ponen las orejas rojas (señal de enojo máximo, que yo también heredé, por cierto) porque las niñas, como suele decirnos, somos mucho más que “eso”. Nunca rellena ese mucho más (ni el eso tampoco), pero lo dice tan serio que yo le creo. Por eso siempre le tuerzo los ojos a las vitrinas que dicen artículos para caballeros, porque “eso” es lo que yo no soy. ¿Qué soy? Ah, sí, decía que soy la mayor de tres hermanas, mi nombre es Ana Julia, tengo 12 años, me sigue María Cecilia con 8 y de última está la enana, Isabella, con 3 añitos.


Todos dicen que me parezco mucho a mi papá y que mis hermanas se parecen a mi mamá, yo creo que tienen razón. Como soy la mayor me tocó compartir todo con Macé desde chiquita, pero en secreto la acostumbré a que la que mandaba era yo, sin discusión. Yo estaba en primer grado cuando nos mudamos a la casa, dejamos el apartamento y nos fuimos a una casa, ¡una casa de dos pisos!, ¡con un cuarto para mí!, ¡para mi sola! Le pedí a papá que colocara la cama justo entre la pared y la ventana, de modo que cuando fuese a dormir, ella quedara detrás de mi, a mano derecha, para asomarme si no tenía sueño, para ver cómo cambiaba la Luna, para saber cuándo era de día, y ver a la gente caminar por las calles (desde esta ventana se ven cómodamente 6 calles en total). Él me sugirió que también la usara para leer con luz de día, que no hay otra mejor para iluminar las ideas, que yo tenía el compromiso de aprender mucho para enseñar a mi hermanita (en ese entonces sólo existía Macé). Pero bueno, justo a un mes de cumplir nueve años, nació Isabella, y tuvimos que reordenar todo el cuarto para que Macé se viniera a dormir conmigo y así la bebé podría tener una habitación para ella solita.

Al principio me enfurruñé, me dio tanta rabia perder mi cuarto, pero cuando fuimos a la clínica a verla, tan sólo asomarme y que mi mamá con la ayuda de la Tía Elena la pusiera en mis brazos, la amé, hasta unas lágrimas de alegría me rodaron por la cara y juro que no podía controlarlas, y juro que ella me sonrió y entonces es como si hubiese nacido de verdad una hermanita para mi.


Lo único que no compartí con Macé fue mi ventana, ¡eso nunca! Mi ventana es bella como Isa. Tiene vidrios y láminas de madera, que puedo abrir y cerrar para que entre la luz o se quede afuera. Es muy gracioso, oigo siempre cómo los demás se quejan de la luz o de la brisa, o
la lluvia. A mi ninguna de las tres me resulta impertinente, ellas son unas visitantes maravillosas, y siempre respetan las reglas que les impongas con tu ventana. Si está abierta entrarán, sino, se quedarán afuera jugando con otras u otros.


Mi ventana tiene un marco enorme de madera y en la parte de abajo (esto es un secreto entre mi papá y yo) tiene un baúl escondido. Nadie en el mundo sabe que está ahí; pero cuando le herede el cuarto a Isa se lo voy a decir, porque cuando ella cumplió dos años, volvimos a reordenarlo todo, y Macé volvió a aquel cuarto y yo volví a estar a solas con mi ventana y mis libros, con la lluvia y la luz, con la brisa y las mariposas que de vez en cuando entran y tengo que cazarlas porque a Isa le dan pánico.


Mamá odia que yo cierre la puerta con pestillo, pero sólo lo hago cuando saco o meto cosas a mi baúl escondido. Me gusta sacarlas, correr a abrir la puerta y sentarme en el alfeizar a leer, “con la nariz viendo a la biblioteca mi Julieta” (dice papá) porque así la luz entra por mi izquierda. A veces le hago caso, pero otras no, porque Joaquín, mi amigo de las clases de pintura, vive justamente en la calle 7, la que está con vista a la izquierda y no puedo saber cuando va a salir a montar bicicleta sino veo los movimientos del patio de su casa. A veces paseamos juntos hasta la calle16 y nos devolvemos.


Una vez Macé me vio despidiéndome de Joaquín y le dijo a mi mamá que yo tenía novio, que era el hijo del señor del carro azul, y mi mamá se limitó a decir: “¡Ay hija!, ¿tú sabes cuántos carros azules hay en esta urbanización? Deja de inventar tonterías y respeta a tu hermana mayor”. Ese día le preguntaba a Dios o quién sea que viva allá arriba entre las nubes, por qué había metido a Macé en esta familia, por qué si Isa y yo éramos tan felices. Lo escribí en este mismo cuaderno, o en el otro que guardo por ahí, ya no sé. Ya va, mi mamá vuelve a decir:¡Vente Ana! Y Macé lo repite como un loro. Ya le voy a responder.


Me da risa, porque lo dicen tantas veces que Isa nos confunde, es decir, para ella yo me llamo Ventana y cuando escucha la palabra me señala a mi y todo el mundo la corrige y le dice que no, que yo soy Ana y que la ventana es lo que está en
la pared. Ella es terca como yo, cuando eso ocurre ella va hasta donde yo esté, me abraza y dice bajito: “Tú, ventana”.





Es increíble cómo funciona la memoria. Estamos regresando y apenas crucé la puerta de la casa subí directo hasta este cuarto, me acerqué a la ventana, retiré cuanto reposaba en el banco y saqué lo que aún quedaba en mi antiguo baúl secreto. Llevo más de dos horas leyendo aquí, estas notas de mi infancia, sobre las tres, cuando fuimos tres. Debe ser que necesito expiar mis culpas, debe ser que me aterroriza no hallar nunca un por qué, debe ser que la extraño, que el amor cambia y nos hizo tan íntimas y que no me explico por qué pasan estas cosas, cómo es que a una mujer con escasos 30 años le sobreviene un infarto y ya no vuelve a abrir los ojos, y la vida se nos opaca a todos, llueve adentro, en el pecho, en el vientre, se oscurece todo, se acaba la brisa y ya nada es igual. María Cecilia murió ayer, y luego del entierro nos vinimos con toda la familia a la casa de mamá. Isabella consuela a nuestra sobrina mayor, y la más pequeña, Juliana como la bautizó, entra al cuarto, me mira, abre los brazos sonriente y con su dedito índice extendido dice: “¡Tía, ven-ta-na!”

70

06 diciembre 2007

Mi post anterior lo inicié contigo, hablando de ti. Sé que no me lees en digital y por eso imprimo para ti una copia de lo que voy publicando. Espero que cuando por fin instalemos la banda ancha, eso cambie.

Esta mañana pasé un rato viendo fotografías tuyas, tratando de imaginar qué se siente arribar a tu edad con tu particular manera de transitar en el mundo. Tú, así, blanquito, con tu perfil precioso, con tu paso mesurado, tu puntualidad británica y tus buenas maneras.


Me veo en tus ojos y me gusta porque ya sé cómo serán los míos cuando envejezca y mis pecas estén arropadas por pliegues, como cobijas que brindarán abrigo a mis manchitas marrones. Escuchar tu voz es siempre la certeza de palabras que conozco, de un lenguaje que nos es común, de cientos de lecturas, otrora apoyada en tu pecho antes de dormirme en mitad de un párrafo y ahora en francas discusiones de mesa, porque a veces pensamos distinto pero nos amamos igual. Son millones de conversaciones invaluables, pues el primer escalafón de mi patrimonio cultural radica en ti y en Noris Teresa.


Tus manos sí que están intactas. Versátiles, suaves, mejor arregladas que las mías y eso que jamás un brillo ha pasado por tus uñas, pero eres tan constante con tu higiene, con tu estampa, que muy probablemente la naturaleza te premió con unas manos de majestad. Verlas es tener aún un trozo de mi Tío Rafael, tú sabes mejor que yo que son igualitas.


Tu risa puedo distinguirla a cientos de kilómetros de distancia. Es un sonido peculiar, impar, imperioso. La textura que dejas en las hojas una vez que has escrito, me da risa porque lo hago igual a ti, tan duro afincamos esos lápices y bolígrafos que marcamos varias de una sola vez.


Podrías ir a cualquier programa de Saber y Ganar y salir como un campeón, lástima que sólo lo produzcan en España, a nadie he visto en tiempo real sumar, restar, multiplicar y/o dividir como tú, una calculadora humana y un excelente crucigramista. A ti debo haber conocido a Clint Eastwood, Charles Bronson y a Gene Hackman antes que las peripecias de Heidi en los alpes suizos. Te debo esas comidas impropias que me permitiste cuando mi mamá no estaba para supervisarnos. Mi primera cédula de identidad; las tardes jugando con sellos y teléfonos en tu oficina; tantos abrazos y besos y amapuches, tanta seguridad en la vida, en el espíritu, en el alma. Y mis hermanos, los centenares de veces que me has despertado para hacer de mis días unos francamente buenos a pesar de mi reticencia a avivarme, porque mi sueño siempre parece más fuerte que yo. Gracias por haber nacido en la Península de Araya, te debo entonces el lugar más hermoso del mundo, al mismo que seguiré asistiendo contigo e incluso, cuando ya no pueda verme en tus ojos, estarás ahí conmigo, en cada uno de mis pliegues, en cada sonrisa frente al inmenso mar que es nuestro amor.


Te debo tanto chamo, pero eso sí, te amo más. ¡Feliz cumple papá! ¡Dios te bendiga siempre!

¡Todos ganamos!

03 diciembre 2007

Desmitificados

A mi papá le han apasionado literaria y documentalmente tres grandes temas: la mitología (griega y/o romana), la segunda guerra mundial y los gansters de la primera mitad del siglo XX –Mario Puzo hizo lo suyo en este último-. El caso es que pasó un buen tiempo antes que yo pudiera separar qué carrizo era cierto y que no, entre las cosas que desordenadamente fui leyendo de la biblioteca de la casa, amén de las lecturas de rigor que a buen tiempo me impusieron. Era difícil distinguir la veracidad entre la existencia pasada de Hades o Chamberlain; qué diferenciaba al Cancerbero de Hitler, y por ahí fui haciendo cruzas interesantes de semejanzas ingenuas entre unos y otros.

Anoche, entre llamadas telefónicas, mensajitos de texto, revisiones de la programación de todos los canales nacionales y algunos internacionales, volví a tener un intercambio de cables como aquellos. A la 1:15 de la mañana, después de haber caceroleado arrebatadamente exigiendo resultados, todo se quedó en calma y regresé al cuarto para escuchar el tan ansiado reporte del CNE. La victoria pírrica del NO. Pues, yo no sé cuáles son las bajas de nuestro bando –cuando el propio presidente se preguntó dónde estaban los tres millones de diferencia con respecto a las pasadas elecciones- pero está bien, está clarísimo, reñido, de fotografía, fue como diríamos entre amigos ¡de vaina!, pero fue. Es. Ganamos.

La celebración fue mayor a la de un 31 de diciembre. El grito tras el primer anunció rebasó con creces a los que he escuchado cuando la Vinotinto anota un gol en partidos de eliminatorias al mundial. La gente se abrazaba, salieron a los balcones a cantar el himno nacional, a prender todas las luces de la casa, que sumadas a las navideñas le dio un brillo sensacional a la calle. Entonamos el himno, y los pelos se me pararon y aún escribiéndolo, con la memoria activada en esa sensación, vuelve a ocurrirme.

Hubo algarabía, cohetes, triquitraquis, aplausos, cacerolas -con un ritmo distinto-; había felicidad. Mi recorrido de esta mañana volvió a ser el mismo, y sin embargo, allí vi, una y otra y otra vez, el guiño en el ojo del otro, alzando su meñique manchado, comprando la prensa pues es historia, porque estamos haciendo historia. Una historia en la que ganamos unos y perdieron otros, y sin embargo todos estamos incluidos. Él sigue siendo el presidente de la nación. Se lanzó un discurso categóricamente bueno, breve, en el que repitió su promesa del “por ahora”.

Mi papá me abrazó muy fuerte diciéndome: “¡lo hice por ti, tú me convenciste!”. Y yo le respondo ahora: lo hicimos todos, por todos.

No hay fábula que valga cuando impera el compromiso de superar todos los escollos que supone un discurso que ha escindido a este pueblo. No hay Zeus en esta historia. Somos un montón de gente buena, el detalle es que esta vez nos encontramos, aquellos que fuimos a votar con aquellos otros que se quedaron en casa por no traicionar a su líder.

Ganamos demostrando el carácter profundamente democrático de esta sociedad. Ganamos en una jornada que demuestra nuestra civilidad, nuestra capacidad de ser una nación, sólo una. Ganamos a pesar de tantos recursos públicos que ofrecieron amplia ventaja publicitaria a los proponentes. En sólo un año, ganamos con la desmovilización de aquellos que no se sintieron representados en la propuesta. Ganamos demostrando que hacer oposición no supone ningún tipo de conspiración, ni de planes desestabilizadores, ni de servilismo ante potencias extranjeras. Ganamos en la demostración sustancial que nuestras diferencias pueden y deben dirimirse con el sufragio. Vencimos el mito de la abstención como mecanismo de expresión. Vencimos el mito del fraude. Vencimos el mito de un Chávez invencible electoralmente.

¡De vaina!, sí, pero ganamos, todos, ¡todos ganamos!