24 agosto 2007

Lumbalgia discogénica


No ha sido falta de inspiración.
No me he olvidado de mi zaperoco, ni de ustedes.
Siguen pasando cosas en mi vida.
Siguen pasando cosas con las mujeres, conocidas y desconocidas.
Empero, también me pasa la patología que titula este post.


Mi mejor amigo me acusa de díscola.
No es falso, bien podría autocalificarme de traviesa.
Pero esto, sospechosos míos, es un desastre:
duele estar de pie,
duele estar sentada,
duele estar acostada,
duele caminar...

Tengo encima un tratamiento analgésico importante.
La semana próxima debo comenzar mi fisioterapia.
Debo fortalecer mis abdominales, son ellos la faja natural del cuerpo.
De lo que se entera alguien cuando le duele el cuerpo.

Si este reposo se convierte en algo más decente, prometo escribir con calma y cordura, o sin ellas, pero escribir y leerles, que buena falta me hace. Les dejo un abrazo sin discos dislocados.

¡Salud buena gente!

09 agosto 2007


Como fuete de arrear pavos

“…Me fui para Nueva York
en busca de unos centavos
y he regresado a Caracas…”

Luis Fragachán

Es tan diferente la sensación. Tanto. En el fondo requiere de una revisión antropológica. Lo conversábamos en el carro rumbo al aeropuerto. Sin generalizar, creo que somos buenos para despedir, para llorar, para decir adiós, para irnos adaptando a la distancia y olvidando con resignación en algunos casos, o con suficiencia en otros. Pero eso de volver a recibir, eso de abrir nuevamente la agenda, y copiar otro número en el teléfono, otra casilla de registro para uno que ya habíamos borrado es distinto. Tanto.

Cuando se marchó, todas hicimos planes. En qué fecha podríamos ir, cuánto debíamos reunir, cuadrando las vacaciones de todas, intentando no gastar mucho en tal rubro para ahorrar más y llevárnoslo al viaje. ¿Te imaginas, todas allá, paseando por esas calles? ¡Tenemos que tomarnos una foto en tal parte! ¡Ah, y entrar a tal tienda! No, yo creo que debemos ir a este museo y entrar al restaurante ese que mencionaron en el programa del chef Fulano. Así seguía la lista de un quinteto que básicamente se había criado viendo teleseries donde la dichosa ciudad era el escenario de venturas e infortunios, pero Nueva York es Nueva York.

Ella sonreía esperanzada. Nos escuchaba y se cumplieran o no nuestras promesas, llevaba en la maleta, más bien en el bolso de mano, pegadita al cuerpo la posibilidad de apiñarnos otra vez en un mismo cuarto a hablar como loras hasta las tantas de la madrugada, como lo habíamos hecho desde hacía tantos años.

Ella lloraba, incontenible, porque dejaba atrás esta historia, y aunque obstinada de tantos problemas que supone la vida por estos lares, y justificadamente aterrada después de sufrir el robo a mano armada de su camioneta. El trauma de ser abandonada en una autopista sin nada más que su ropa, la dificultad para la obtención de una vivienda, el déficit de un novio que hiciera la vida a su lado; con la sensación de estar sub pagada, en fin, eran tan sólidos sus argumentos de salida, que no había forma de decirle: quédate.

De su familia se despidió en casa. No tenía valor para hacerlo antes de verle la cara al tipo de inmigración. A nosotras nos llevó porque confiaba en que el lagrimeo entre mujeres es normal, que a nadie iba a extrañarle el cuadro y porque seguro alguna se inventaría un chiste subiendo por la autopista. En el fondo de nosotras tampoco se despidió. Después nos narraría la angustia que le despertó a la aeromoza luego de 90 minutos encerrada en el baño llorando como una magdalena y la máscara de halloween con la que llegó allá luego de este record de sollozo.

Nos contó eso y nos contó del clima, de las calles enormes, de lo elegante de la agencia, de las tiendas sin vigilantes ni revisiones de cartera a la salida, de lo innecesario de un semáforo peatonal cuando al poner un pie en el rayado todos los autos se detenían para dejarla cruzar. Nos contó de lo maluco que es el café de ellos y cuánto extrañaba los de aquí. Ojala hubiese sido sólo el café. No hubo una sola comunicación en la que dejara de extrañar alguna cosa: los torontos, la música, el saludo en el ascensor, el piropo en la calle, la mirada de un extraño (pero que la miraran), el carácter hasta de pueblo que tiene Caracas, porque comparada con aquello es un pueblo.

Ella extrañando y nosotras –como diría Coralia- pelando. Por muchas cuentas que sacáramos y muy disciplinadas que fuésemos en el método de ahorro, los pasajes siempre eran carísimos y se nos ponía cuesta arriba el cumplimiento de la promesa. Nuestra intrépida protagonista no corrió con la suerte de Kim Catrall o Sarah Jessica, ni siquiera para las famosas “citas”, una picadita de ojo, una invitación para algo menos burdo que el sexo per se. Ella demandando nuestra presencia y nosotras aquí, de marcha en protesta, de protesta y al trabajo, de elección y habilitantes, de robos y hurtos a cualquier escala, aquí pues y ella allá.

Toda la bajada agradeciendo la ausencia de trocha, o la presencia del trozo de autopista que nos faltaba. Fue tan rápido que nos sobró tiempo para prepararnos, para conversar sobre el futuro, el de ella y el nuestro. 4 maletas y un dolor en el bolsillo por pagar el sobrepeso de equipaje. 4 maletas y su cara más triste que cuando se fue porque no halla argumento para no sumar esto a la lista de fracasos. 4 maletas, una por año, una para cada una de nosotras –no sé por qué siempre elijo la de más peso ¡no juegue!-.

Por lo menos perfeccionaste el idioma. Y paseaste por allá. Conociste cosas nuevas. No huiste. No es un fracaso. No te sientas mal. Qué lástima que no te conseguiste un gringo para casarte. ¿Estuviste cerca del escape de gas? A la estatua de la libertad fuiste ¿verdad? Y yo con ganas de meterles una bola de chicle de beisbolista a cada una para que no siguieran diciendo sandeces. Abrí la carpeta, saqué de ella el disco que había preparado, y al ritmo de Los Cañoneros comenzó a sonar “El norte es una quimera” y al ritmo de esa pieza le entregué los avisos de tres ofertas laborales, un listado de apartamentos en venta y otros en alquiler; los links de las páginas de carros usados y le expliqué que si quería uno nuevo tendría que esperar 10 meses.

Captaron la onda. Comenzaron la actualización más desordenada a la que haya asistido, mezclando política nacional, con chismes de prensa rosa, cuentos de los hijos de las amigas comunes y desamparos amorosos de las no tan amigas. Victoria le hizo jurar que le prestaría cualquier prenda linda que trajera ahí, le habló de dos compañeros nuevos del trabajo que por feos bailaban muy bien y con ese par saldrían este viernes aunque se cayera el cielo por lluvia. La chofer se explayó en detalles sobre su arquitecto –Villanueva- y la otra no se quedó atrás hablando de caperuzas y poetas. Conforme avanzó el informe de eventos su semblante fue cambiando, encendió un cigarrillo y fue preguntando cosas, hurgando en las historias, encontrando detalles por dónde colarse y hacerse parte.

Es tan diferente la sensación ¡pero es maravilloso tenerla de vuelta! Y cantamos durísimo: “¡Ay, Nueva York, no me agradas con el oro, tu ley seca la rechazo, no me agrada y la deploro! ¡A Nueva York yo más no voy, allá no hay berro, no hay vino y no hay amor!