Amor de bocado

26 octubre 2007

Sí ya lo sé, no hay azúcar en el mercado, ni leche, y ya no sé cómo tomarme el café. Menos mal que siempre guardo una bolsita, de esas que deja la gente cuando prefiere endulzar sus cosas con pastillitas de dieta.

De chiquita todo era más sencillo. A todos nos enseñaron que las temporadas son dos: lluvia y sequía. Nada más. En lluvia protestamos por que nos la pasamos encharcados y en sequía porque el calor es insoportable. ¿Por qué no dividir lo que comemos por temporadas? De chiquita, yo disfrutaba las dos. La de lluvia porque me encantaba jugar a “los salteados” con mis amigos de Cumaná, y aprovechábamos los charcos del día anterior para patear sus contenidos o probar su profundidades en saltos colectivos. Ya saben, como es tierra caliente, lo que no se evaporaba era rápidamente cubierto por una capa que se secaba dejando dentro importantes cantidades de lodo, adoraba la sensación. Claro, el problema era regresar a la casa y recibir los regaños de mi Tía Teté, que siempre me preguntaba con la cara enfurruñada: ¿tú te las das chancho? ¿quién crees tú que lava esa ropa? ¡Anda a bañarte!

Entonces alternaba mis sucios de lluvia con sucios de sequía. Cuando llegaba la temporada de mangos ¡era tan feliz! Montarme en esas matas, cargaditas de ramas con todos ellos en un abanico precioso de colores alegres: verdes, amarillos, naranjas y rojos. Mi prima se los comía verdecitos, y hasta buscaba limón y sal para hacer la ingesta más sofisticada, pero yo no, yo prefería colarme –con algunos rasguños de evidencia- entre unas ramas y otras buscando el que me gustaba, maduro pero no mucho, con la concha de colores y suave, porque también me la comía. Mi tía nunca entendió que era imposible bajar sin partirse los dientes si antes no me limpiaba las manos, y eso sólo podía hacerlo restregándolas contra el cuerpo, para que el aroma me durara toda la tarde, como testimonio de mi hazaña en las alturas, y entonces nada, al llegar, una vez más, me veía muy seria y volvía a preguntarme: ¿quién crees tú que lava esa ropa, muchacha? Terminé de decir endulzando el café, negrito y recién colado. Elecé me mira, le pregunto con un gesto, y él responde:

- Te veo arrugar la bolsita de azúcar y tirarla cerca del cenicero y recuerdo mi propia manguera de chamo, dice sonriendo. Eran dos y tenían nombre de mujer. Vivían en el barrio de mi abuela. Una era Luisa, la dueña de los mangos y los restos de comida que guardábamos “para las gallinas de Luisa”. Toda ella redonda, como mi abuela. La otra era Sonia, viejita, arisca, delgada y evangélica. Eso era un indicador para nuestra geografía infantil, donde cualquier rincón era escondite y las taimas servían para librar por todos.

De allí venían mis mangos del mediodía, la sobremesa dulce más barata del pueblo. Incluso era “la mesa”, cuando mi abuelo construía esa casa décadas atrás. El terreno de Luisa era puerta franca cuando los mangos estaban ya maduros y caían con cada ventolera. De resto era pecado agarrarlos pintones o verdes para cometer la herejía de la sal y el adobo. La casa de Luisa era la fábrica más grande de jalea que había en mis ojos en aquel tiempo. Lo de Sonia no tenía nombre. Sencillamente éramos unos ladrones, unos rapaces abusadores que nos dividíamos en dos equipos para desorientarla y poder llevarle los mangos que nunca compartía por sí misma. Era la delicia de la hilacha, que olían a trementina, y de los manguitos de bocado que parecían bambalinas amarillas incluso entre las hojas secas de un patio eternamente abandonado.

Era la misma Sonia que picaba en cuatro las pelotas de goma que caían en su patio y las devolvía como tajos de naranja al campo de juego. Era la misma Sonia beata y delgada, la de las visitas dominicales y la soledad perpetua. La misma que vimos salir en una urna de sus creyentes compañeros antes de que le invadieran la casa para convertirla en iglesia, y obviamente cargarse las matas de mango que estorbaban en la obra.

Arrugas la azúcar y pienso en el último kilo que le llevé a la anciana Luisa, para que hiciera su amelcochado dulzón en tiempos de escasez, pero la tiras y recuerdo el acto de tocar la puerta y colarse por detrás para meternos fruta entre la ropa y recomenzar la tarde. En un olor a trementina bastante fuerte que no se va de la cerca, aunque el olor a vela haya acabado con casi todo.

La risa de Elecé se había disipado, no me gusta verlo así, aprovecho al mesonero que llega para recoger la mesa y le pregunto cuál es su mango favorito. Él sonríe, es un hombre de unos 40 y pico, achica los ojos y respira hondo, y haciendo el amague de limpiar aún más la superficie nos dice:

- Los de hilacha. Siempre me han gustado más que ningún otro, el problema es como quedan los dientes y se pasa uno mucho tiempo tratando de sacarse los restos, pero me encantan. Lo mejor de los magos de hilacha es lo que molesta al resto de la gente, pero díganme ustedes si no ¿no es lo mejor sentir como al morderlo te corre el jugo que no agarran tus labios por los lados de la boca, pa’ bajo, corriendo hasta la barba, como en una competencia de izquierda y derecha ¿ah? Y uno tratando de no perderse nada, pero qué va, con un mordisco llega el otro y el otro, y luego la pepa, morder la pepa, asegurarse que no le queda nada, que le desprendes hasta el último pedacito de pulpa ¡no qué va! ¡no hay nada como los de hilacha! Bueno, los dejo.

Nos miramos, las palabras de este hombre habían encendido otros ánimos, donde las tazas de café y los pastelitos no cabían. Nos miramos y no hizo falta decir nada, Elecé me tomó la mano y comenzamos a caminar la misma ruta que hacemos varias veces a la semana, los dos lo sabíamos, tres cuadras más adelante estaba, como esperándonos, me monté, se montó, nos reímos, los cogimos, nos bajamos, seguimos riendo… al llegar a casa los lavamos, nos lavamos, nos bañamos en sus jugos, en los nuestros, con los mangos, con nosotros, corriendo por el cuerpo, ya saben, es que con un mordisco, llega el otro.

27 comentarios:

El loco dijo...

un relato muy jugoso...recuerdo de chamo comer mango de hilacha y el juguito corriendo hasta los codos...jeje que tiempos aquellos...
Un abrazote y como siempre leer tus aventuras es una cosa sabrosa

Oswaldo Aiffil dijo...

Diosss, qué final para esta historia ;-) Ya a mitad del post te iba a escribir un comentario, que después leí, de boca del mesonero. Nada que agregar, es lo mismo que pensé escribir, pero nada, él lo dijo todo. Me encanta el de hilacha, aunque no su aspecto (verde por fuera y alargado). Su sabor es único e inimitable, amén de las hilachas clavadas entre los dientes, ¿qué importa quitarlas una a una después de semejante placer a los sentidos? Aquí en Caracas casi no se ven, y por eso lo he traicionado con la manga, esas grandotas que tienen rojos, naranjas, amarillos y verdes, algunas veces hasta un azul oscuro colado en la concha, y su sabor, entre cítrico y dulce. No es temporada y me quedo con el antojo...un beso inmenso, hasta que por fín llovió!!

Lycette Scott dijo...

La temporada de mangos es lo máximo, yo iba a casa de mis abuelos paternos y me encantaba comer mango verde con adobo la comadre jejejeje

Silmariat, "El Antiguo Hechicero" dijo...
El autor ha eliminado esta entrada.
Silmariat, "El Antiguo Hechicero" dijo...
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Silmariat, "El Antiguo Hechicero" dijo...

Definitivamente Usted es, además de Ña Bárbara de Todas las Palabras…, bruja. Una bruja.

Hace unos días, estaba comentando, con unos amigos -suelo ser poco rencoroso y hasta LA nombro en mis aburridas tertulias, tengo testigos- de su post “Como fuete de arrear pavos” y el nombre de Luis Fragachán salió a cuento.

Bueno…, resulta que el fulano NO escribió un merengue de nombre El Manguero. Canción que mi madre cantaba, siendo una preciosura gordita y gritona, en la Voz de Carabobo en plenos principios de los años 50 y hasta ganaba los concursos radiales de la 810.

El autor del mismo es César de Ávila, se lo pregunté a mi mamá…, y qué pena con Usted. Pues fíjese, el Hechicero también se equivoca, mire por dónde, no?

Por qué me permito llamarle, con todo respeto, bruja?

Pues, hoy es domingo, cambio de horario -ahora nos separan 5 horas- estaba por escribir y pensé en el patio de la casa mi abuela “La Filósofa”…

Vengo a visitarle, a ver si robaba ideas o alguna frase, y a Usted le da por un post con olor a trópico, a mi niñez, a corredera por las matas, a las trenzas de “La Paquita” sin dientes -y con las rodillas vueltas un asco-, a empanada de la Señora Ricarda -nunca he comido otras iguales-, a las zamuras que hacía mi abuelo, a las tortas de la Señora Olga, a los gritos desafinados de Nilda, la vecina –cordialmente llamada, por media cuadra, como la Gafa Pucha- cantando las canciones -torturándonos a todos- de los Ángeles Negros o de Elio Roca, al Señor Antonio con sus fantásticos juguetes de madera fabricados y pintados por él -nuestro mágico híbrido entre Drosselmeyer y Geppetto- y aquel enorme patio -el de mi abuela “La Filósofa”- lleno de muchas matas de mango…

Le cuento, por aquí sólo encuentro mangos tailandeses, carísimo, que nos son, para nada, parecidos a los que saben a los poemas de Aquiles Nazoa, a guayoyo de mi bisabuela “La gitana”, que los endulzaba con papelón, ni a la sonrisa de la pecosa que escribió el post o a la mirada, soñadora y pícara a la vez, de Elecé…

Por cierto…, su último párrafo está de cine, de video clip, de sonrisota en la cara, de cuadrote de Cabré…


Todo lo mejor para Usted.


NOTA Y PROTESTA!!!: Y ahora cómo le hago para comerme, por aquí, una jalea -la de mi abuela “La Filósofa” eran celestiales- o un humilde manguito de boca’o. Eso, Ña Bárbara de Todas las Palabras…, no se hace. La venganza puede ser apocalíptica!!! Tendré que consolarme con un mustio jugito de mango, que llega directo desde Egipto. Arriba la Bobalización, perdón, la Globalización.

Jogreg dijo...

Yo sé que ya lo dijeron... pero es que ese último párrafo da tanta dentera como el resto del texto junto. ¿Tú has visto? ¡El erótico te quedó de lujo!

Martha Beatriz dijo...

Si bien añoro los mangos - no solo por lo ricos sino porque eran gratis o muy baratos - creo que solo le hacen "background" a un relato que tiene un excelente final que, la verdad no solo provoca salir a comerce uno. Linda acabo de regresar de mi viaje relámpago, no quise perturbarlos y el tiempo, además no dió para más. Los abrazos y besos que no pued darles.

k@rol dijo...

WOW!!! como siempre tus relatos me traen recuerdos, me llevan a mi Venezuela. Me encantan los mangos verdes con adobo. Mi vecina Rocio tenía una mata en su casa y por supuesto cuando maduraban hacíamos fiesta con ellos...eran de hilacha. Aquí son carísimos, es un lujo comerse un manguito.

Petrusco dijo...

Hummm

Así sucede, que luego de un mordisco llega el otro y el sabor como que va cambiando a medida que pasa el tiempo no?, de un ácido a un dulce intenso a un sabor pálido que es pura textura a un fragmento aquí y otro allá de ese saborcito inicial.

Ese saborear con el tacto de los ojos y el de la nariz y el de la lengua y hasta el de los mismos dedos comienza desde antes de la primera hincada dental. Es así como una suerte de preludio en Sol empezando en anacruza desde el tiempo débil al fuerte con variados cambios de compás, un calderón prendido en una esquina y el ad libitum forte.

Ah bueno es que el oído también tantea ¿no?

Pero aquí la cosa se trata de sabores. De ensuciarse a lo niño sin importar nada con tal de poder saborear lo añorado: el sabor del mango, de su piel y de su hilacha...y echar el cuento sin remordimientos de conciencia, sin arrepentimientos de lavadoras ni límites de pacaterías.

¡Que un gustazo como el de comerse un mango o varios, mordisco tras mordisco, no es cosa pa' dejarla pasar como si fuera una pequeñez en esta vida!

Un abrazo de bocado

Nostalgia dijo...

qué intensa!
entre mangos, manganzones, mangüereos y manguanguas siempre hay un tiempito para volvernos locos............
besitos ♥

WebON dijo...

Nunca me gustó el mango de hilacha sino la manga, pero luego de este relato cualquiera se empalaga. sobre todo ese final, ese FINAL.

Right On!

Acerina dijo...

Me gustó mucho este post!!! En mi casa había mango de hilacha... Me hiciste recordar viejos tiempos!!!

¿Y el final??? ¡Excelente!!!

Besos & Mordiscos...

Câline dijo...

Qué maravilla!!
No puedo dejar de recordar eso que dicen que es malo comer frente al hambriento!!
Ay mi F. cómo te extraño!!

Mis favoritos? Todos los mangos me gustan y ¿sabes qué? a Luke también le encantan!!
Un beso!!

Troka dijo...

Oir el golpe seco en el techo de dos aguas de casa de mi abuela y arrancar en tropel a ver quien de los primos llegaba primero a llevarse el premio de un dulcísimo y amarillo mango de bocado...no tiene precio!!!
También recordé al francés (ahora ex de mi prima) burlarse de nosotras y decir con su peculiar acento que cómo es posible que nos comamos una cosa tan desastrosa como el mango, que todo lo ensucia. Tan pendejo, lo que se pierde.
Excelente tu post, no hay manera que pase por debajo de la mesa.
Cariños!

Gerardo dijo...

Leerte es siempre un gusto un gran placer pero como ya lo han dicho varios antes que yo en esta historia es un placer multiplicado varias veces. El final es como para sentir mucha envidia de Elece, me olvide de mi propia historia de mangos pensando en como es eso de bañarse en jugos de ellos y mios y tuyos. Pensando nada mas.

Saludos,

LuisCarlos dijo...

http://www.flickr.com/photos/periodismodepaz/1734338990/

Una foto para tu club de fans... amaremos el momento en el que estés de vuelta

Rita dijo...

Hola Naky!
Pa' mí, nada como un manguito de boca’o dulciiiiito.
También me encanta el mango verde con sal. O agregar mango verde a las ensaladas. Hmmmmmmm!
Besos ♥

dedalus dijo...

¡Qué hermoso texto!

¡Gracias!

Protheus dijo...

¿Cómo he sobrevivido lúdicamente sin estas sabrosas porciones de calidad y donaire?
Volví.
Bueno, eso creo...

Jacqueline dijo...

Me muero por un beso con sabor a mango....


(suspiros interminables)

G'Fax dijo...

Quién iba a decir que por comerte un mango te nos ibas a resbalar y te nos perderías :)

¿Dónde estás, que no te veo?

Un abrazo.

EL MÁS dijo...

jejeje que agradable recordar bueno momentos con tan buen texo... En mi infancia comí mucho mango hilacha, lamentable es que ahora no existe la mata, pero bue.. quedan los recuerdos... Muy agradable tu blog... Seguiré por aquí.. saludos

CABINA AÉREA dijo...

...como agua para el chocolate, mi querida niña pecosa....y las fotos que ví...mundiales

Oswaldo Aiffil dijo...

...nada que llueve querida Naky...la paciencia es la madre de todas las virtudes, ¿no? Un beso!

rafico dijo...

Me gustan los de azucar, los pequenñitos los que se negrean rapidito si se magullan, pero eso sí, me gusta comerlos en tajaditas, primero las dos grandes y luegos otras dos pqeuiñitas, a veces, me como la cascara, a veces me salen gusanitos de mango y a escondidoas me los como, pues pienso, nada de asco, que suciedad tienen estos animalitos si se alimentan de solo mango?... No me gusta comer mango sin tener un cuchillo, no me siento cómodo embadurnado mas allá del segundo nudillo de mis dedos... conozco el mango grandote y desabrido, el mago chancleta con mucho pelos, el mago chiquito y el mago verde, el mango que sale dañado y el mago con la pepa chiquita.... Recuerdo que una vez chupe tanto la pepa que saque las semillitas y tambien las chupe....

A mi tambien me gusta el mango...

Naky querida, te juro que miestras lei sentía olor a mango...

Por fin vine a visitarte, veo que tienes un mutismo de palabras.

Como siempre, un abrazo querendón.

digler dijo...

que bonitos recuerdos...