Con tu permiso
De niña adoraba ir al teatro. Era un ritual maravilloso, todos los detalles, toda la expectativa del día, el esmero de mi mamá en cada prenda que portábamos. El aroma del carro con todas nuestras colonias entremezcladas, el cabello de mamá recogido, la corbata de mi papá, el aplomo de mi hermano, la sonrisa eterna de Naya y mi extraña quietud porque debía "conservarme". No comía mucho, las cosquillas en la panza conspiraban contra mi apetito; aún me pasa: no comí antes del salto en benji, ni en la presentación de mi tesis, ni siquiera el día antes de ir a Universal Studios.
Sólo deseaba que llegara el traslado, que me permitieran ir inclinada hacia adelante -yo sabía que no me tocaba ventana, ¡quién me manda a ser la menor de tres!- para poder ver cómo el brillo de las luces se reflejaba en los pómulos decorados de mi mamá, en sus zarcillos o gargantilla, en su perfil soberbio mientras conversaba con mi papá de cosas que ya no recuerdo.
Mi papá solía tener mejores recursos para controlar mis inquietudes, él era el encargado de mí. Me sentía enorme al llegar a su lado, viéndolo siempre hacia arriba, hablando para calmarme. Siempre decía lo mismo: "eres bella mi pequeña", "te ves preciosa mi pequeña" "dudo que haya aquí, una niña más linda que tú". Y yo creyéndomelo, porque nada que saliera de la boca de mi papá sería mentira, mucho menos si era a las puertas de un teatro.
Cuando el programa de manos era depositado en las mías, quería entonces sentarme para poder ver las fotos, que luego me permitirían captar el instante preciso en la obra. Nunca lo logré. Porque la música regularmente me hacía llorar. Y adiós a ver el demiplié exacto, el giro con salto, el vuelo del vestido de la solista.
Navidad es la temporada del Cascanueces, cada año se repite este ritual que me recuerda con todas las de la ley cómo va pasado el tiempo, cómo hay regalos que por mucho que se repitan nos siguen transmitiendo la misma alegría de la vez primera.
Es navidad y no tengo cosa distinta en el ánimo y en el corazón que dar las gracias por un año lo suficientemente complejo como para abrirme el denuedo a uno nuevo, de rupturas y continuidades, pero siempre en compañía de la gente que quiero y por quien soy querida.
Es navidad y con ella llegan las listas, de peticiones y agradecimientos, pues bien, creo que de los regalos más hermosos que haya recibido por adelantado, la apertura y mantenimiento de este espacio se haya entre los primeros de mi ranking, ya no sólo por mi reencuentro con la creatividad traducida en letras, sino –y mucho más- por todo lo que he ido aprendiendo de las narraciones de otros, de sus miradas y manifestaciones, de sus estilos y temas de ocupación.
Cada blog visitado es un programa de mano, cada post una escena de una obra que promete continuar. Ese esta una red de potencialidades difíciles de calcular, la experiencia de Elecciones3D así lo demuestra; ni hablar de los alcances del mensaje chaborro navideño ¡jejeje! Cada blogger supone un director cuyo elenco se adapta al teclado, a sus vivencias y a la posibilidad de narrar y ser leído.
Sus comentarios ha sido un avance raudo hacia la responsabilidad de corresponder, con letras y lecturas, la consecuencia, la extraña fidelidad que se desata en estas relaciones epistolares-digitales.
A mis sospechosos habituales ¡gracias! Les reitero que leerles y ser leída por ustedes es un obsequio maravilloso y apreciado. Gracias a mi familia, fuente inagotable de historias y amores. Gracias a mis amigos todos, mi familia extendida, la que hemos ido edificando por el tiempo que nos hemos acompañado. Gracias a vos que me haces la vida bonita.
¡Feliz navidad! ¡y un regalote a cada uno, lleno de salud, prosperidad y un trancazo de nuevos y mejores logros para el futuro! ¡la función debe continuar! ¡el telón es nuestro!






