20 diciembre 2006

Un teatro en digital

Con tu permiso

De niña adoraba ir al teatro. Era un ritual maravilloso, todos los detalles, toda la expectativa del día, el esmero de mi mamá en cada prenda que portábamos. El aroma del carro con todas nuestras colonias entremezcladas, el cabello de mamá recogido, la corbata de mi papá, el aplomo de mi hermano, la sonrisa eterna de Naya y mi extraña quietud porque debía "conservarme". No comía mucho, las cosquillas en la panza conspiraban contra mi apetito; aún me pasa: no comí antes del salto en benji, ni en la presentación de mi tesis, ni siquiera el día antes de ir a Universal Studios.

Sólo deseaba que llegara el traslado, que me permitieran ir inclinada hacia adelante -yo sabía que no me tocaba ventana, ¡quién me manda a ser la menor de tres!- para poder ver cómo el brillo de las luces se reflejaba en los pómulos decorados de mi mamá, en sus zarcillos o gargantilla, en su perfil soberbio mientras conversaba con mi papá de cosas que ya no recuerdo.

Mi papá solía tener mejores recursos para controlar mis inquietudes, él era el encargado de mí. Me sentía enorme al llegar a su lado, viéndolo siempre hacia arriba, hablando para calmarme. Siempre decía lo mismo: "eres bella mi pequeña", "te ves preciosa mi pequeña" "dudo que haya aquí, una niña más linda que tú". Y yo creyéndomelo, porque nada que saliera de la boca de mi papá sería mentira, mucho menos si era a las puertas de un teatro.

Cuando el programa de manos era depositado en las mías, quería entonces sentarme para poder ver las fotos, que luego me permitirían captar el instante preciso en la obra. Nunca lo logré. Porque la música regularmente me hacía llorar. Y adiós a ver el demiplié exacto, el giro con salto, el vuelo del vestido de la solista.

Navidad es la temporada del Cascanueces, cada año se repite este ritual que me recuerda con todas las de la ley cómo va pasado el tiempo, cómo hay regalos que por mucho que se repitan nos siguen transmitiendo la misma alegría de la vez primera.

Es navidad y no tengo cosa distinta en el ánimo y en el corazón que dar las gracias por un año lo suficientemente complejo como para abrirme el denuedo a uno nuevo, de rupturas y continuidades, pero siempre en compañía de la gente que quiero y por quien soy querida.

Es navidad y con ella llegan las listas, de peticiones y agradecimientos, pues bien, creo que de los regalos más hermosos que haya recibido por adelantado, la apertura y mantenimiento de este espacio se haya entre los primeros de mi ranking, ya no sólo por mi reencuentro con la creatividad traducida en letras, sino –y mucho más- por todo lo que he ido aprendiendo de las narraciones de otros, de sus miradas y manifestaciones, de sus estilos y temas de ocupación.

Cada blog visitado es un programa de mano, cada post una escena de una obra que promete continuar. Ese esta una red de potencialidades difíciles de calcular, la experiencia de Elecciones3D así lo demuestra; ni hablar de los alcances del mensaje chaborro navideño ¡jejeje! Cada blogger supone un director cuyo elenco se adapta al teclado, a sus vivencias y a la posibilidad de narrar y ser leído.

Sus comentarios ha sido un avance raudo hacia la responsabilidad de corresponder, con letras y lecturas, la consecuencia, la extraña fidelidad que se desata en estas relaciones epistolares-digitales.

A mis sospechosos habituales ¡gracias! Les reitero que leerles y ser leída por ustedes es un obsequio maravilloso y apreciado. Gracias a mi familia, fuente inagotable de historias y amores. Gracias a mis amigos todos, mi familia extendida, la que hemos ido edificando por el tiempo que nos hemos acompañado. Gracias a vos que me haces la vida bonita.

¡Feliz navidad! ¡y un regalote a cada uno, lleno de salud, prosperidad y un trancazo de nuevos y mejores logros para el futuro! ¡la función debe continuar! ¡el telón es nuestro!

11 diciembre 2006


Recogiendo historias

El escenario es la avenida Rómulo Gallegos, a la altura del nuevo Excelsior Gama. Me lleva a recorrerla un cierre involuntario del metro, una vez más, por motivos operacionales; y yo, por motivos estratégicos, debía llegar hasta Los Dos Caminos, a ver si ya se le había pasado el catarro al sistema y podía abrir la puerta de mi casa. Una vez rebasada la pastelería Doris, aquello es una soledad arropada en oscurana, interrumpida de cuando en vez por faroles más dignos de una plaza en San Fernando de Atabapo, que de una avenida de alta circulación vehicular, que no peatonal. O sea, la cosa es para asustarse.

Pero, mi abuela Julia me enseñó a temer poco, con convicción absoluta me repitió varias veces: “no tengas miedo. El miedo nace de aquí (poniendo su mano sobre mi cabeza). El miedo no existe, porque no existe nada que pueda causarte daño si tú no lo dejas”. Yo me creí eso. Claro, para su fortuna, Julia Dolores jamás vivió nuestros índices de criminalidad actuales. Con todo y eso, si algo me asusta, regularmente me persigno, y arranco, irguiendo la espalda, respirando profundo, cerrando un puño –porque dizque es buena señal de alerta- y dilatando las pupilas lo más que pueda.

Tras mi ritual emprendí la marcha, y pocos pasos adelante lo vi. Un jean destrozado, una franela roja con las dos manitos en blanco –de reciente adquisición-; calzado con unas cosas que alguna vez fueron zapatos de goma, medio cigarrillo pendiendo de sus labios y acucioso hurgando entre las bolsas, sin abrirlas, solo tanteando.

-¡Hola, buenas noches! “No te confundas, lo que pasa es que está oscureciendo más temprano”. ¿Cuál es tu nombre? “Asdrúbal, ¿y el tuyo?” Naky. “Mucho gusto. No te voy a dar la mano porque la tengo muy sucia. ¿Pa’ dónde vas tú por aquí?”. Al Metro. Y no me digas que me devuelva, la estación de Parque del Este está cerrada, al igual que Altamira y Chacao, tengo que llegar a Los Dos Caminos, pero no quiero hacerlo sola, ¿puedo ir contigo? “Pero yo estoy trabajando”. Yo te ayudo. “¿Tú?”. Yo. “Te vas a ensuciar”. Me baño al llegar. “Pero vamos poco a poco. Ya no me caigo a coñazos por nadie que no sea yo. Si te digo que te vayas, te vas. No mato cucarachas, si les tienes miedo te quitas. Por aquí no hay ratas, te salvaste, ¿okay?”. Hecho.

Asdrúbal nació en la Maternidad Concepción Palacios, se crió en La Pastora, estudió hasta 6to grado –por flojo- y se casó a los 18 con una muchacha de San José, que según él, tenía las piernas más bellas que todo el Ávila hubiese visto. Tuvo cuatro hijos: Asdrúbal José, Antonio Miguel, Raquel María –porque le encantaba Raquelita Castaños, la esposa del Pollo Sifontes- y Andrés Asdrúbal. Tiene por lo menos 10 años que no los ve, a ninguno de los cinco. Se sabe las fechas de sus nacimientos, pero a veces se cofunde con el propio, no sabe si fue un 13 de junio o de julio. Hace más tiempo aún que nadie le desea feliz cumpleaños.

Trabajó en la construcción desde los 12 años, allí entrenó su capacidad para golpear y resistir golpes, de toda índole: físicos, morales, sindicales, políticos. Ganó mucho dinero y lo perdió todo también. Jugó mucho caballo a la antigua, con sus cuadritos, sellándolos, poco fue al hipódromo, le parecía un lugar de gente “fus” –creo que por ello entenderemos sifrinos-. Comenzó a beber y a fumar casi al mismo tiempo que a trabajar y siempre creyó que controlaba la bebida, que tenía la capacidad de saber hasta cuando. Un día dejó de saber cuándo. Y otro, y otro. Fueron demasiadas borracheras seguidas y se las sacaba con otras. Hoy no sabe cómo se vive sin alcohol.

-¿Un clavo saca otro clavo, pero a veces quedan dentro los dos?

Más que sonreírse, creo que lloró en un solo gesto. Le pegó a su mujer, a sus hijos, a vecinos y amigos. Le pegó a todo lo que se interpusiera entre el alcohol y él. Y perdió todo. Lo botaron del sindicato, de su casa, de su familia, de todas partes.

-¿Ves por qué no es bueno que alguien como tú, camine con un tipo como yo? ¿qué va a decir alguien que te conozca?
- ¿Qué dices tú?

Volvió a sonreír. Le hablé un poco de mi, de las cosas que hago, donde trabajo –el nombre le apreció muy extraño- y me preguntó muy severo si yo era una líder. Le respondí que sí. Y seguido vino la explicación de la mejor manera de hallar las latas en las bolsas grandes sin romper más de lo necesario, porque cuando se rompe mucho, vecinos y aseo te odian por igual. Bonita manera de campear el inevitable tema de mi tendencia política.

Su territorio de trabajo lo disputa con tres recogedores más, dos contemporáneos y uno más joven que al parecer es despiadado, de estos que patean perros y asustan gente. Se mantiene sobrio hasta las once o doce de la noche, justo cuando cierran las estaciones del metro y transita menos gente. “…a veces es bueno que te apresen, si sabes cómo cuidarte de los malandros, pasas una noche más tranquilo que en la calle. La calle es tranquila cuando te duermes, de resto, es un tormento todo el tiempo, de día o de noche…”.

“La técnica es así: tanteas a los lados, las latas siempre se re agrupan”, ¡ni que fuesen imanes! le discuto yo, no le gustó mi comentario. “Bueno, tanteas y vas a sentir por dónde están si es que hay. Tomas la lata por debajo y presionas un poco para abrir la salida, y una vez abierto ese hueco comienzas a buscar más adentro. Hay que respirar por la boca porque la gente bota de todo junto”. Las mejores basuras son las de los locales de comida. Hay oportunidades en las que cena como un rey y eso es bueno, porque al día siguiente no le pega tan duro la acidez en el estómago. Así palpamos varios montones de bolsas mientras conversábamos de todo un poco.

Antes de despedirnos, le conté a Asdrúbal mi historia favorita, él asentía sin mirarme porque no deja de remover aquí y allá. Al cierre me dijo una frase digna de guión de novela: “…los amores necesitan lugares, hogares; no es igual quererse en una plaza que quererse en una casa…”. Demandó su propina por servicios de protección y amparo, se la di feliz, con una compra que llevaba en el bolso y un chocolate cortesía de mi amigo secreto. Solo hizo una leve reverencia. No dijo gracias. Pero yo sí.

Apenas cuatro estaciones después me pareció que ya se me había desdibujado su rostro, tan atenta estuve a sus narraciones que no me fijé mucho de su perfil, de los rasgos que esa barba horrenda oculta. ¡Me da rabia pensar que puedo volver a cruzármelo y no sabré a ciencia cierta quién es! ¡me da rabia que el alcohol nos arranque la vida a tajos! ¡tanta rabia! ¡tantas latas en nuestras calles, tantos Asdrúbal sin cumpleaños!

Aquí va ¡feliz navidad Asdrúbal!

Elecciones3D

04 diciembre 2006


Priscilla: reina sin desierto

64 años, 5 hijos de los que ya despidió dos a mejor vida, según su creencia. Nació en Chuspa, y se casó con Miguel para venirse a Caracas, al narrar esto se espatilla de la risa, porque Miguel no le gustaba tanto así como para casarse con él, pero es que Chuspa le quedaba chiquito y ella sabía que en Caracas era donde estaba lo que buscaba. Nunca se divorciaron, “…sólo nos dejamos. Él se volvió a unir con una negra más negra que yo, que hace unas hallacas divinas; siempre voy en diciembre a comerme una y a traerme dos o tres, porque esa mujer es buena y siempre me guarda, y siempre echamos broma de cómo es que yo me fui a juntar con Miguel si ese negro es tan antipático”.

No sabe de dónde sacaría su mamá ese nombre, de chiquita la jodían mucho diciéndole Pipícila, y su mamá le espantaba las rabietas asegurándole que el suyo es nombre muy hermoso, yo se lo confirmo, pero ya sabemos que lo que nos hacen de pequeños a veces es dificilísimo que se nos olvide. “Es que yo no conozco otra Priscilla”. Le mencioné a la de Elvis Presley, pero fue una pésima referencia, ¿cómo se me ocurre hablarle a una mujer que baila tambores y salsa vieja, del finado rey del rock?

Es muy coqueta, su cabello está corto, pero sus manos lucen una manicura impecable y las cejas las tienes depiladitas, y parece que sólo pudo usar máscara de pestañas. Me dice que joven siempre le sacó provecho al pecho, que heredó de su abuela, “…mamaíta era más plana, ¡eso sí es raro! ¿Sabes? Una negra sin pecho o caderas, pero así era mamaíta. En cambio yo salí con todo lo que debe tener una mujer, no como ahorita; si vieras a mis nietas, esas muchachas parece que se van a partí un día de estos, es que si bate un viento se las lleva de lo secas que andan (se ríe durísimo y se tapa la boca porque no debe)…”.

Me le acerqué en mi segundo amague de hacer la cola para votar. Digo que fingía, porque fue a la tercera –la vencida- cuando me quedé un poco más quieta para elegir. Pero de todos con los que hablé, Priscilla se llevó mi atención y mi aprecio. Vive en Julián Blanco, un barrio del norte de Petare, se le llega más rápido por Mariche –la carretera Petare-Santa Lucía-, que por la famosa redoma. Y en su casa han hecho vida todos sus hijos, entre platabandas en las que han invertido todos los reales producidos, en un terreno del que aún no posee un papel que verifique que es suya.

Me acerqué a Priscilla porque estaba uniformada. De verde oscuro, con un chaquetón que oculta todas las curvas bondadosas que le valieron varios amores, unos pantalones a juego, unas botas que le pesan, no tanto como la etiqueta zurcida a la izquierda en la que se lee “Reserva”.

¿Cómo es que eres reservista? “Ah pues, ¿y por qué no?”. Oye bien mi pregunta, no es por qué, si no cómo llegaste a serlo. “Bueno, a mi me preguntaron y me hicieron llenar un pocote de papeles, tallas de todo, lo único que no me preguntaron fue la de sostén y pantaleta -dice nuevamente muerta de risa- pero es que tampoco se los hubiese dicho, ¿tú te imaginas? Un sostén militar –más risas-. Nos explicaron allá en Fuerte Tiuna (primera vez que voy yo pa’ llá) que estábamos ahí para defender la patria, que ahora los venezolanos defendemos más de lo que defendíamos antes, que ya los militares no estaban lejos como antes, sino que estaban para trabajar con nosotros.

Y así pasó, en un fin de semana nos enseñaron varias cosas, yo no aprendo muy rápido, y además soy mujer, y soy un poco vieja -¿qué hizo? ¡se rió por supuesto!- pero para hoy, teníamos que venir y ayudar, a mantener la cola bien, a trasladar a los enfermos, a las preñadas y a los viejos, para que se metan en la cola preferencial, como debe ser”.

Nuestra charla se desarrolló calle arriba, calle abajo, porque fue fiel a la descripción de su cargo y estuvo todo el tiempo como un gavilán cazando cualquier cabeza blanca, cualquier panza desarrollada para llevarlas rápido a la puertas del centro de votación.

Me alegró tanto ver a la gente despedirse de ella con gratitud, y ella devolverles una sonrisota, que no es que le cueste mucho, pero a mí sí que me cuesta ver a alguien de uniforme que ría y colabore, prejuicios.

Mi proceso fue fluido y sencillo. Tengo el meñique además de violeta, tenso, quizá es un reflejo de mi propia expectativa. Bajando a casa me despedí de Priscilla, le desee que llegara a buen término su jornada, sólo me picó el ojo. Debe ser que así hacen las reinas, aunque no estén en el desierto.